LA AMATISTA
El Camino Superior de Santiago
novela por entregas
aparecerá en este blog un capítulo cada semana
Inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Barcelona, 2005.
DECIMOSÉPTIMA ENTREGA
AYIN
16
De Hospital de Órbigo a Astorga
Un sol pálido en un cielo agrisado e inmediato es lo que deparó a los caminantes aquel día de mediados de octubre. Por el lado de los Montes de León, cada vez más cercanos, se levantaba un nublado fosco que presagiaba lluvias vespertinas. Puesto que la etapa que les aguardaba era corta, quince modestos kilómetros, soslayaron el madrugón, y cual indianos acomodados tomaron un reposado desayuno en el hotel, sobre el verdeante paisaje de la ribera del Órbigo. Muy pasadas las nueve de la mañana se adentraron por la población de Hospital de Órbigo. Dejaron a su derecha la iglesia de San Juan y más allá, en la plaza, les fue mostrado el lugar donde según la tradición se levantaba el hospital de peregrinos. Anduvieron luego un cuarto de hora por el alfoz de la villa, peinado de acequias que enmarcan feraces tablares de huerta con frutales aparrados. Al cabo llegaron a la carretera nacional, pero no tuvieron que marchar por ella, sino por el tramo viejo, que discurre a la izquierda del nuevo vial. Allí se juntaron con un grupo de peregrinas y peregrinos franceses, locuaces y joviales, que atenuaban la monotonía de la ruta asfaltada con reiterados tientos a una bota de vino tinto que llevaban terciado de agua, según aseguraron. Aprobó el Caminante Mayor este proceder, por cuanto rocía las telas del hígado sin apesadumbrar el cerebro y mostró su aquiescencia con una tragantada de indiscutible connaisseur. Departiendo y soplando cobraron camino durante hora y media a través de un terreno ondulado y parduzco pero ya no páramo, salpicado de rebujales. La relativa fertilidad le viene al suelo de las aguas del Órbigo represadas valle arriba,
Rebasado un somero alto, pudieron abandonar por fin la ingrata compañía de los motores de explosión ("el planeta es lo que va estallar" farfulló el Caminante Mayor) y adentrarse por lo que fue indudablemente la vieja calzada, hasta el crucero de Santo Toribio. Luego, en menos de media hora de suave descenso entraron en el pueblo de San Justo de la Vega. En un mesón de la calle Mayor los caminantes invitaron a los peregrinos a un vaso de vino blanco del Bierzo con tapas, tras lo cual se separaron, pues los francos querían echar una ojeada a una talla de Gregorio Español conservada en la iglesia del pueblo.
El sol, redondo y tamizado por una neblina de blanco lechoso, trepaba hacia su cénit. Los caminantes atravesaron el puente sobre el río Tuerto y tomaron un camino a la derecha que dos kilómetros más adelante va a dar a un puente romano de tres arcos, a la salida del cual la calzada se esfuma y hay que volver a la carretera. Pasado el puente sobre el ferrocarril se desviaron hacia la izquierda para ascender a la ciudad de Astorga por la ruta tradicional de los peregrinos. Entraron en el recinto por la plaza donde había estado la Puerta Sol. Traspusieron los muros de lo que había sido el hospital de las Cinco LLagas y siguieron por la antigua calle de las Tiendas, en la judería, para desembocar en la plaza Mayor, agradablemente porticada. De aquí siguieron hasta la plaza de la Catedral, desde donde entraron en un tranquilo callejón más allá del hospital de San Juan. Poco después trasponían la entrada de la cayena del Sodalicio, un caserón no monumental pero si antiguo, con portada de dovela de piedra y largos balcones de hierro.
La cayena de instrucción de Astorga estaba regida por una historiadora gallega, especialista en temas priscilianistas. Había acarreado a la residencia su biblioteca, que llenaba las paredes de los salones, rebosando en los corredores. Saludó afablemente a los caminantes, los acompañó a sus celdas y anunció que el almuerzo se serviría dentro de media hora.
El refectorio, en la planta baja, era amplio y oscuro. Uno de los muros quedaba oculto bajo un gran tapiz rojo, debajo del cual había un pequeño armónium con teclado de cuatro octavas, una quinta y un tono. En la larga mesa se sentaban veinte comensales, todos ellos compañeras y compañeros del Sodalicio. No había niños, pues estos solían hacer etapa acampando en Rabanal del Camino. Se sirvieron judías blancas con tocino y de principio hubo guiso de gallina con chorizos del Bierzo. El vino, de Cacabelos, tinto para el común y blanco para los recién llegados, no faltando quien se improvisara una calabriada.
Los caminantes del Sodalicio solían demorarse varios días en Astorga, con el objeto de instruirse en la historia de los orígenes del cristianismo en Hispania, del priscilianismo y de la peregrinación compostelana y para continuar los ensayos de la Gran Dramaturgia y de la G.B. . Un pequeño grupo de expertos, bajo la dirección de la Magistra Domus, impartía cursillos a caminantes, adaptándose a los diversos planes itinerarios. Puesto que el Mair y Ramón Forteza se detenían sólo dos días, programaron a su intención la lección más apreciada del centro, que versaba sobre Prisciliano y el priscilianismo. La sesión fue anunciada para el día siguiente por la tarde.
Después de un breve descanso postprandial, Ramón Forteza salió a recorrer la ciudad, atento, como era debido, a sumergirse en el universo imaginativo de la cultura cristiana medieval. El Mair, por su parte, dedicó la tarde a las compras, pues, declaró, andaba ya escaso de relojes, bolígrafos, lupas, brújulas, linternitas y demás instrumentos mediadores de su relación con los niños. El Caminante barruntaba que buena parte de este acervo sería agotada aquella misma tarde en la sección infantil del hospital de Astorga.
Astorga fue población íbera, de astures y amacos. Augusto la hizo capital de la zona bajo el nombre de Asturica Augusta. Era una importante encrucijada de vías. Tuvo comunidad cristiana ya en el siglo III. Decayó en el período visigótico y fue arrasada por las invasiones norteafricanas. La peregrinación jacobea acarreó el renacimiento de la ciudad, que se hallaba en la encrucijada de dos rutas, el Camino Francés y el Camino de la Plata (que no tiene nada que ver con la plata) que venía del sur por Salamanca y Zamora. Astorga tuvo muchos hospitales de peregrinos, casi tantos como Burgos. Poco queda del esplendor medieval. Las murallas fueron concienzudamente apeadas; sólo subsiste un lienzo en la parte oriental. Las iglesias fueron amañadas con escaso respeto por las viejas piedras. La catedral mezcla con dudosa armonía estilos gótico tardío, renacentista y barroco. El edificio más interesante de la moderna Astorga es sin duda el antiguo palacio episcopal, obra de Antoni Gaudí, actualmente Museo de los Caminos.
El resto de la tarde y de la mañana del día siguiente fueron dedicados a lecturas históricas bajo la dirección de la Magistra Domus, que les asignaba las páginas esenciales. Por la tarde, de tres a ocho, tuvo lugar la Lectio sobre Prisciliano, a cargo de un especialista de Burdeos, auxiliado por varios residentes. Se expusieron mapas, se facilitaron fotocopias y se proyectaron diapositivas. Los asistentes plantearon una serie de cuestiones sobre la tradición priscilianista y la peregrinación jacobea, que fueron someramente obviadas por el conferenciante, que se declaró de estricta escuela histórica documental y en consecuencia poco dado al discurso histórico fantasioso. Terminada la Lectio, la Magistra Domus invitó a los participantes ajenos al Sodalicio a compartir la mesa con los sodales.
sábado, 24 de febrero de 2007
domingo, 18 de febrero de 2007
LA AMATISTA
LA AMATISTA
El Camino Superior de Santiago
novela por entregas
aparecerá en este blog un capítulo cada semana
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DECIMOSEXTA ENTREGA
SAMEKH
15
De León a Hospital de Órbigo
Trobajo del Camino, pasado el puente sobre el Bernesga, es una rebosadura de León. La antigua calzada es ahora la calle principal de la población, en cuesta arriba hacia el páramo, calle larga y atareada. A pesar de la hora temprana, a los caminantes no les fue difícil encontrar un mesón abierto para tomar la primera colación del día. La jornada se presentaba larga y tediosa: treinta kilómetros, buena parte de ellos por carretera o en su vecindad, hasta Hospital de Órbigo. De ahí que decidieran, como hicieron en la inacabable salida de Logroño, compensar el fastidio del camino con frecuentes paradas en hostales, mesones y figones. En este primero se contentaron con un café y un bollo de supuesta producción local.
Pasada la vía del ferrocarril, la calle se empina y en un par de carcovas sube a un alto donde dicen Mirador de la Cruz, desde el que se divisa una buena perspectiva sobre la aglomeración leonesa. De la mentada cruz no queda más que el basamento. Poco después, la calle desemboca en la carretera nacional 120, farragosamente transitada. Para remediar en lo posible el expolio de la calzada peregrina por parte de los vehículos con motor de explosión ("algo va a estallar ahí", rezongó el Caminante Mayor), los curadores del Camino han marcado rutas alternativas que aprovechan los corredores industriales y las pistas agrícolas. Los caminantes, siguiendo las flechas amarillas, cobraron camino por una pista de servicio de entorno más bien sórdido, lo que, añadido a la escualidez del páramo leonés en este tramo, les hizo rememorar con añoranza el generoso andadero de la parte de la llanura entre Soto y Mansilla.
El páramo entre León y Astorga alterna rellanos de raña con vallonadas fluviales, con muy leves diferencias de cota. La región es mayormente desarbolada, y ya lo era en la Edad Media. Hay pequeños rodales de encinas y quejigos, y restos de lo que fueron bosques de roble tojo, a juzcar por la indicación toponímica de Robledo de Valdoncina. Queda alguna viña, que se repuso tras la filoxera, aunque el terreno, por su excesiva altitud, nunca fue propicio a la vid. Se encuentran todavía restos de bodegas subterráneas, cuyas bocas abocinadas asoman inopinadamente sobre la raña.
En la ribera de un arroyo de aguas menguadas encontraron tres roulottes de gitanos, recién pintadas y bien pertrechadas. Se acercaron para saludar a los acampados y, después de la correspondiente neutralización de los perros, entablaron conversación con un personaje de cabellos largos y grises que estaba sentado en un sillón plegable a la sombra de una acacia examinando un grueso pliego de documentos. Manifestó ser miembro del Consejo de Instrucción de Niños del Departamento de Enseñanza de la Comunidad Autónoma de la Nación Gitana. A instancias de los caminantes adujo algunas noticias respecto al estatuto político de su pueblo.
La Comunidad Autónoma de la Nación Gitana surgió a raíz del debate sobre nacionalidades y hechos diferenciales en el seno del Estado. La comunidad gitana adujo que el hecho diferencial del pueblo gitano era el más claro y distinto de todo el país, muy por delante de los demás. En efecto, los gitanos pertenecen a una familia racial característica, tienen lenguas propias, religión ancestral, leyes y costumbres específicas y, por encima de todo, conciencia activa y pasiva de diversidad, con escasísima tendencia a la integración en el resto del tejido social. Después de largas discusiones, en el curso de las cuales hubo que desarmar uno por uno los prejuicios seculares, la comunidad gitana pasó a ser una Comunidad Autónoma más en el seno del Estado. Gozaban de un régimen autónomico de estatuto personal con competencias en los ámbitos de la economía, del comercio, de la industria, del orden público, de la justicia y de la educación. Tenían cámara legislativa elegida por sufragio universal y gobierno responsable ante ella. Tenían sistema judicial con dos instancias y agentes de policía judicial. Una cámara de comercio e industria asumía funciones ejecutivas en su ámbito. El sistema educativo se integraba con módulos especiales en el común del Estado. Quinientos mil gitanos españoles se acogían a este régimen. El interlocutor de los caminantes explicó que estaba estudiando un anteproyecto de reglamento de los maestros ambulantes, modelo funcionarial indispensable en un grupo humano de las características del pueblo gitano.
Los caminantes hicieron multitud de preguntas, tomaron notas, recogieron documentación y al cabo brindaron con un espeso vino tinto por la prosperidad de la nación gitana. Seguidamente se despidieron de su amable interlocutor y de otras gitanas y gitanos que se habían acercado y retomaron la polvorienta pista, que en cosa de media hora los condujo hasta Santa María del Camino. Allí se desviaron a la derecha para dar una ojeada al moderno edificio del santuario, obra de P. Coello, y a las desmesuradas estatuas de bronce de Eduard Subirachs. Vueltos a la calle principal del pueblo, que es la carretera, buscaron y hallaron un mesón en el que, bajo la noble advocación de Julio César, se hicieron servir un desayuno de fundamento, que consistió en tortilla de escabeche con ensalada y pan moreno, acompañado con un vino blanco de las bodegas del lugar.
Cuando salieron de Santa María del Camino el sol pugnaba por zafarse de los deshilachados celajes que cerraban el cielo por oriente y ascender por su ruta equinoccial, que se le ofrecía desnuda y azulada. Los caminantes, recompuestos por el excelente yantar, avivaron el paso, y pasando por el camino del cementerio regresaron, mal que les pesó, a la carretera nacional, que poco después atraviesa el trébol de la autopista Madrid-Oviedo. Bajaron a la vaguada del río Fresno, que ofrece un respiro de verdor después de la aridez del páramo industrializado y a poco llegaron a Valverde de la Virgen, que atravesaron sin detenerse. Siguiendo junto a la carretera, en un cuarto de hora se plantaron en San Miguel del Camino, "villa molto piccola, tutte capanne coperte di paglia", según el peregrino Laffi, del siglo XVII. A la salida del pueblo, una pista agrícola a la izquierda de la carretera suple la antigua calzada. El terreno vuelve a subir hasta alcanzar la cota de lo 915 metros en pleno páramo. Atravesado el arroyo Raposeros llegaron a Villadangos del Páramo una hora y media después de salir de San Miguel del Camino. En la parroquial de Villadangos se halla uno de los más famosas estatuas de Santiago Matamoros.
Era casi mediodía solar. El protagonista tronaba impoluto en su propio cielo ya moderado por la declinación otoñal. Los caminantes, por nada fatigados, favorecidos por la brisa constante de la paramera, decidieron trotar hasta Hospital de Órbigo, a donde pensaban llegar a tiempo para el almuerzo. En un café de Villadangos descubrieron una pinga de sidra de barril y se hicieron servir un buen vaso que mezclaron con un par de cucharadas de azúcar. La insólita alquimia suscitó la hilaridad de tres jóvenes peregrinas que sorbían su modoso café con leche acodadas a un velador. Arrancada conversación, decidieron marchar juntos hasta Hospital de Órbigo, contando con que la compañía iba a compensarles de la aridez de los once kilómetros a la vera del enloquecido vial.
Las peregrinas eran estudiantes de filosofía de la Universidad de Louvain-la -Neuve, es decir, de la parte valona de la Universidad de Lovaina. Habían salido de Vézelay a primeros de agosto. Llevaban ya setenta días de camino. Estaban, según declararon, robustísimas y se comían los kilómetros, dijeron, como churros. Por lo demás, dieron a entender que estaban perfectamente al tanto de las cosas del Sodalicio.
La conversación versó sobre filosofía y ciencia, argumentos en los cuales las peregrinas belgas mostraron un notable dominio. Se interesaron mucho por los puntos de vista de Ramón Forteza acerca de la fiabilidad de teorías científicas como la del Big Bang. Luego preguntaron al Caminante Mayor, con toda franqueza, cual era la posición de los pensadores del Camino Superior de Santiago respecto a las relaciones entre física y metafísica. El interpelado no se hizo de rogar, e hilvanó un largo discurso cuyo resumen figura en el cuaderno de Ramón Forteza:
"Nosotros, los sodales, nos queremos herederos de uno de los productos intelectuales más refinados creados por la antigüedad: el escepticismo. El escepticismo no fluye, como pretenden sus detractores, de una actitud de indiferencia y de desapego respecto a las cosas humanas. Escéptico es, según su voz griega, el que busca. Buscamos siempre, porque nunca nos satisfacen las respuestas que se nos ofrecen. Reconocemos nuestra ignorancia, pero nos guardamos muy bien de considerarnos los únicos ignorantes; los demás son tan ignorantes como nosotros, y además tienen la osadía de pronunciarse acerca de lo que desconocen. Lo nuestro es el silencio y la suspensión del juicio. Hemos asimilado muy bien la antigua lección sobre los límites del conocimiento (no hay ciencia de los principios de la ciencia, decía Aristóteles) y no se nos pasa por las mientes intentar transgredir estos límites, que, por lo demás, son por sí mismos infranqueables. Existe un cerco del límite, en el cual aceptamos movernos incluso con audacia, pero no existe más allá de él un cerco transcendente o hermético al cual tuvieran acceso unos individuos privilegiados. Tal pretensión es absurda y fraudulenta.
"Los creyentes, que pretenden saber acerca del origen y del fin del universo, han inventado nombres para designarnos, pues no les basta con la palabra "escéptico", quizás por excesivamente fría. Es así que nos llaman ateos o agnósticos, y se desgañitan por distinguir estas nociones. Nosotros no nos las aplicamos. Nosotros no formulamos aserciones acerca de lo que está más allá de los límites del conocimiento humano, ni afirmativas ni negativas. Nosotros no sabemos nada, pero ellos tampoco. Hablan donde debieran callar, y, a lo sumo, inclinarse reverentemente ante el misterio. Inclinarse es voluntario. Entre nosotros, unos se inclinan y otros no. Por mi parte, me complazco con frecuencia en buscar y sentir el vértigo del vacío que está más allá de los límites, que la ciencia me permite formular y la filosofía me enseña a intuir. Sentado, como quien dice, sobre el abismo, con los pies colgando al exterior, pongo la mirada en la oscuridad y pregunto, pregunto sabiendo que no obtendré ninguna respuesta. ¿Tiene sentido mi pregunta? Detrás de mí, algunos de los que no quieren o no pueden cabalgar sobre el cercado me dicen que no, que no me desgañite, que la pregunta no tiene sentido, y que, por lo tanto, no puede tener respuesta. No importa, les digo, yo no quiero privarme de la emoción de fijar en el vacío los ojos del espíritu, a sabiendas de que veré exactamente lo que vería un ciego sentado a mi lado, es decir, nada. Pero es mi propia nada, un trasunto de la barrera infranqueable de mi conocimiento. Y cuando me estrello contra esta barrera tengo la percepción de la transcendencia, que no es otra cosa que un reflejo de la infranqueable solidez del límite.”
Departiendo y caminando a paso muy vivo enfilaron una pista acondicionada a la derecha de la carretera hasta la entrada de San Martín del Camino, que atravesaron sin detenerse más que para beber agua en la fuente comunal. Después de San Martín. el camino, paralelo a la carretera, discurre por la parte alta de la vega del Órbigo, tierras feraces entreveradas de acequias y canales. A la vista ya de Hospital de Órbigo, el camino abandona la carretera general para ir a enlazar poco más adelante con la carretera local que lleva a la población cruzando el célebre puente romano del Órbigo. El Caminante Mayor narró para las peregrinas valonas la necia historia del duelo que sostuvo aquí el caballero Suero de Quiñones en 1434, comentando que más les valiera a los leoneses buscarse a otro héroe de más enjundia para espejearse en su leyenda. Luego se despidieron de las filósofas, que se dirigían al refugio de peregrinos y requirieron alojamiento en un hostal a orillas del río. Después de una rápida ducha bajaron al comedor y se derribaron sobre los sillones: habían caminado treinta kilómetros casi de un tirón. Para su felicidad, el cocinero ofrecía en el día cocido maragato, plato pensado para segadores y arrieros. Lo empujaron con vino blanco de Cacabelos a botella por cabeza y aun tuvieron arrestos para hacer pasar un tronco eclesiástico con su chocolate fondant. Siesta cumplida, desmayado paseo por las orillas del río, cena ligera y descanso a las diez.
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De León a Hospital de Órbigo
Trobajo del Camino, pasado el puente sobre el Bernesga, es una rebosadura de León. La antigua calzada es ahora la calle principal de la población, en cuesta arriba hacia el páramo, calle larga y atareada. A pesar de la hora temprana, a los caminantes no les fue difícil encontrar un mesón abierto para tomar la primera colación del día. La jornada se presentaba larga y tediosa: treinta kilómetros, buena parte de ellos por carretera o en su vecindad, hasta Hospital de Órbigo. De ahí que decidieran, como hicieron en la inacabable salida de Logroño, compensar el fastidio del camino con frecuentes paradas en hostales, mesones y figones. En este primero se contentaron con un café y un bollo de supuesta producción local.
Pasada la vía del ferrocarril, la calle se empina y en un par de carcovas sube a un alto donde dicen Mirador de la Cruz, desde el que se divisa una buena perspectiva sobre la aglomeración leonesa. De la mentada cruz no queda más que el basamento. Poco después, la calle desemboca en la carretera nacional 120, farragosamente transitada. Para remediar en lo posible el expolio de la calzada peregrina por parte de los vehículos con motor de explosión ("algo va a estallar ahí", rezongó el Caminante Mayor), los curadores del Camino han marcado rutas alternativas que aprovechan los corredores industriales y las pistas agrícolas. Los caminantes, siguiendo las flechas amarillas, cobraron camino por una pista de servicio de entorno más bien sórdido, lo que, añadido a la escualidez del páramo leonés en este tramo, les hizo rememorar con añoranza el generoso andadero de la parte de la llanura entre Soto y Mansilla.
El páramo entre León y Astorga alterna rellanos de raña con vallonadas fluviales, con muy leves diferencias de cota. La región es mayormente desarbolada, y ya lo era en la Edad Media. Hay pequeños rodales de encinas y quejigos, y restos de lo que fueron bosques de roble tojo, a juzcar por la indicación toponímica de Robledo de Valdoncina. Queda alguna viña, que se repuso tras la filoxera, aunque el terreno, por su excesiva altitud, nunca fue propicio a la vid. Se encuentran todavía restos de bodegas subterráneas, cuyas bocas abocinadas asoman inopinadamente sobre la raña.
En la ribera de un arroyo de aguas menguadas encontraron tres roulottes de gitanos, recién pintadas y bien pertrechadas. Se acercaron para saludar a los acampados y, después de la correspondiente neutralización de los perros, entablaron conversación con un personaje de cabellos largos y grises que estaba sentado en un sillón plegable a la sombra de una acacia examinando un grueso pliego de documentos. Manifestó ser miembro del Consejo de Instrucción de Niños del Departamento de Enseñanza de la Comunidad Autónoma de la Nación Gitana. A instancias de los caminantes adujo algunas noticias respecto al estatuto político de su pueblo.
La Comunidad Autónoma de la Nación Gitana surgió a raíz del debate sobre nacionalidades y hechos diferenciales en el seno del Estado. La comunidad gitana adujo que el hecho diferencial del pueblo gitano era el más claro y distinto de todo el país, muy por delante de los demás. En efecto, los gitanos pertenecen a una familia racial característica, tienen lenguas propias, religión ancestral, leyes y costumbres específicas y, por encima de todo, conciencia activa y pasiva de diversidad, con escasísima tendencia a la integración en el resto del tejido social. Después de largas discusiones, en el curso de las cuales hubo que desarmar uno por uno los prejuicios seculares, la comunidad gitana pasó a ser una Comunidad Autónoma más en el seno del Estado. Gozaban de un régimen autónomico de estatuto personal con competencias en los ámbitos de la economía, del comercio, de la industria, del orden público, de la justicia y de la educación. Tenían cámara legislativa elegida por sufragio universal y gobierno responsable ante ella. Tenían sistema judicial con dos instancias y agentes de policía judicial. Una cámara de comercio e industria asumía funciones ejecutivas en su ámbito. El sistema educativo se integraba con módulos especiales en el común del Estado. Quinientos mil gitanos españoles se acogían a este régimen. El interlocutor de los caminantes explicó que estaba estudiando un anteproyecto de reglamento de los maestros ambulantes, modelo funcionarial indispensable en un grupo humano de las características del pueblo gitano.
Los caminantes hicieron multitud de preguntas, tomaron notas, recogieron documentación y al cabo brindaron con un espeso vino tinto por la prosperidad de la nación gitana. Seguidamente se despidieron de su amable interlocutor y de otras gitanas y gitanos que se habían acercado y retomaron la polvorienta pista, que en cosa de media hora los condujo hasta Santa María del Camino. Allí se desviaron a la derecha para dar una ojeada al moderno edificio del santuario, obra de P. Coello, y a las desmesuradas estatuas de bronce de Eduard Subirachs. Vueltos a la calle principal del pueblo, que es la carretera, buscaron y hallaron un mesón en el que, bajo la noble advocación de Julio César, se hicieron servir un desayuno de fundamento, que consistió en tortilla de escabeche con ensalada y pan moreno, acompañado con un vino blanco de las bodegas del lugar.
Cuando salieron de Santa María del Camino el sol pugnaba por zafarse de los deshilachados celajes que cerraban el cielo por oriente y ascender por su ruta equinoccial, que se le ofrecía desnuda y azulada. Los caminantes, recompuestos por el excelente yantar, avivaron el paso, y pasando por el camino del cementerio regresaron, mal que les pesó, a la carretera nacional, que poco después atraviesa el trébol de la autopista Madrid-Oviedo. Bajaron a la vaguada del río Fresno, que ofrece un respiro de verdor después de la aridez del páramo industrializado y a poco llegaron a Valverde de la Virgen, que atravesaron sin detenerse. Siguiendo junto a la carretera, en un cuarto de hora se plantaron en San Miguel del Camino, "villa molto piccola, tutte capanne coperte di paglia", según el peregrino Laffi, del siglo XVII. A la salida del pueblo, una pista agrícola a la izquierda de la carretera suple la antigua calzada. El terreno vuelve a subir hasta alcanzar la cota de lo 915 metros en pleno páramo. Atravesado el arroyo Raposeros llegaron a Villadangos del Páramo una hora y media después de salir de San Miguel del Camino. En la parroquial de Villadangos se halla uno de los más famosas estatuas de Santiago Matamoros.
Era casi mediodía solar. El protagonista tronaba impoluto en su propio cielo ya moderado por la declinación otoñal. Los caminantes, por nada fatigados, favorecidos por la brisa constante de la paramera, decidieron trotar hasta Hospital de Órbigo, a donde pensaban llegar a tiempo para el almuerzo. En un café de Villadangos descubrieron una pinga de sidra de barril y se hicieron servir un buen vaso que mezclaron con un par de cucharadas de azúcar. La insólita alquimia suscitó la hilaridad de tres jóvenes peregrinas que sorbían su modoso café con leche acodadas a un velador. Arrancada conversación, decidieron marchar juntos hasta Hospital de Órbigo, contando con que la compañía iba a compensarles de la aridez de los once kilómetros a la vera del enloquecido vial.
Las peregrinas eran estudiantes de filosofía de la Universidad de Louvain-la -Neuve, es decir, de la parte valona de la Universidad de Lovaina. Habían salido de Vézelay a primeros de agosto. Llevaban ya setenta días de camino. Estaban, según declararon, robustísimas y se comían los kilómetros, dijeron, como churros. Por lo demás, dieron a entender que estaban perfectamente al tanto de las cosas del Sodalicio.
La conversación versó sobre filosofía y ciencia, argumentos en los cuales las peregrinas belgas mostraron un notable dominio. Se interesaron mucho por los puntos de vista de Ramón Forteza acerca de la fiabilidad de teorías científicas como la del Big Bang. Luego preguntaron al Caminante Mayor, con toda franqueza, cual era la posición de los pensadores del Camino Superior de Santiago respecto a las relaciones entre física y metafísica. El interpelado no se hizo de rogar, e hilvanó un largo discurso cuyo resumen figura en el cuaderno de Ramón Forteza:
"Nosotros, los sodales, nos queremos herederos de uno de los productos intelectuales más refinados creados por la antigüedad: el escepticismo. El escepticismo no fluye, como pretenden sus detractores, de una actitud de indiferencia y de desapego respecto a las cosas humanas. Escéptico es, según su voz griega, el que busca. Buscamos siempre, porque nunca nos satisfacen las respuestas que se nos ofrecen. Reconocemos nuestra ignorancia, pero nos guardamos muy bien de considerarnos los únicos ignorantes; los demás son tan ignorantes como nosotros, y además tienen la osadía de pronunciarse acerca de lo que desconocen. Lo nuestro es el silencio y la suspensión del juicio. Hemos asimilado muy bien la antigua lección sobre los límites del conocimiento (no hay ciencia de los principios de la ciencia, decía Aristóteles) y no se nos pasa por las mientes intentar transgredir estos límites, que, por lo demás, son por sí mismos infranqueables. Existe un cerco del límite, en el cual aceptamos movernos incluso con audacia, pero no existe más allá de él un cerco transcendente o hermético al cual tuvieran acceso unos individuos privilegiados. Tal pretensión es absurda y fraudulenta.
"Los creyentes, que pretenden saber acerca del origen y del fin del universo, han inventado nombres para designarnos, pues no les basta con la palabra "escéptico", quizás por excesivamente fría. Es así que nos llaman ateos o agnósticos, y se desgañitan por distinguir estas nociones. Nosotros no nos las aplicamos. Nosotros no formulamos aserciones acerca de lo que está más allá de los límites del conocimiento humano, ni afirmativas ni negativas. Nosotros no sabemos nada, pero ellos tampoco. Hablan donde debieran callar, y, a lo sumo, inclinarse reverentemente ante el misterio. Inclinarse es voluntario. Entre nosotros, unos se inclinan y otros no. Por mi parte, me complazco con frecuencia en buscar y sentir el vértigo del vacío que está más allá de los límites, que la ciencia me permite formular y la filosofía me enseña a intuir. Sentado, como quien dice, sobre el abismo, con los pies colgando al exterior, pongo la mirada en la oscuridad y pregunto, pregunto sabiendo que no obtendré ninguna respuesta. ¿Tiene sentido mi pregunta? Detrás de mí, algunos de los que no quieren o no pueden cabalgar sobre el cercado me dicen que no, que no me desgañite, que la pregunta no tiene sentido, y que, por lo tanto, no puede tener respuesta. No importa, les digo, yo no quiero privarme de la emoción de fijar en el vacío los ojos del espíritu, a sabiendas de que veré exactamente lo que vería un ciego sentado a mi lado, es decir, nada. Pero es mi propia nada, un trasunto de la barrera infranqueable de mi conocimiento. Y cuando me estrello contra esta barrera tengo la percepción de la transcendencia, que no es otra cosa que un reflejo de la infranqueable solidez del límite.”
Departiendo y caminando a paso muy vivo enfilaron una pista acondicionada a la derecha de la carretera hasta la entrada de San Martín del Camino, que atravesaron sin detenerse más que para beber agua en la fuente comunal. Después de San Martín. el camino, paralelo a la carretera, discurre por la parte alta de la vega del Órbigo, tierras feraces entreveradas de acequias y canales. A la vista ya de Hospital de Órbigo, el camino abandona la carretera general para ir a enlazar poco más adelante con la carretera local que lleva a la población cruzando el célebre puente romano del Órbigo. El Caminante Mayor narró para las peregrinas valonas la necia historia del duelo que sostuvo aquí el caballero Suero de Quiñones en 1434, comentando que más les valiera a los leoneses buscarse a otro héroe de más enjundia para espejearse en su leyenda. Luego se despidieron de las filósofas, que se dirigían al refugio de peregrinos y requirieron alojamiento en un hostal a orillas del río. Después de una rápida ducha bajaron al comedor y se derribaron sobre los sillones: habían caminado treinta kilómetros casi de un tirón. Para su felicidad, el cocinero ofrecía en el día cocido maragato, plato pensado para segadores y arrieros. Lo empujaron con vino blanco de Cacabelos a botella por cabeza y aun tuvieron arrestos para hacer pasar un tronco eclesiástico con su chocolate fondant. Siesta cumplida, desmayado paseo por las orillas del río, cena ligera y descanso a las diez.
domingo, 11 de febrero de 2007
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DECIMOQUINTA ENTREGA
N
14
De Mansilla de las Mulas a León
Octubre pintaba de vinagre las hojas de los chopos en la gran alameda de la riba del Esla a la salida de Mansilla. Descansados y de excelente humor, los caminantes atravesaron el puente medieval de ocho ojos sobre el río Esla y anduvieron por la carretera vieja de León, abandonándola poco después para tomar a la izquierda una pista agrícola que corre paralela a la carretera sobre cuatro kilómetros. Pasaron un cruce que lleva por la derecha a San Miguel de Escalada y por la izquierda a Mansilla Mayor. La pista va entre la carretera, que es ya la nacional 601, y una acequia que riega extensos tablares de huerta. El día se levantaba claro. El sol pugnaba por escapar de unos inofensivos celajes, arrebolándolos como de puesta. Cuando se deshizo de ellos, vertió sobre las feraces vaguadas una lluvia de claridad azulada.
Antes de entrar en Villamoros hay un desvío a la derecha que lleva al cerro de Lancia, que fue sitio importante de los astures augustanos antes de los romanos. Los caminantes renunciaron a la excursión arqueológica y entraron en Villamoros de Mansilla, antes Villamoros del Camino Francés, por la carretera vieja, que atraviesa el pueblo, por lo demás desprovisto de servicios. A la salida de la población atravesaron la carretera y tomaron a la derecha un camino de tierra que en veinte minutos les dejó ante Villarente. Cruzaron el singular puente sobre el río Pormo, de veinte ojos y corcovado desde que lo construyeron en la Edad Media. A la salida, un devoto canónigo, un echacuervos de Triacastela, hizo levantar en el siglo XIV un hospital de peregrinos; queda la fábrica del edificio, con una puerta de arco de medio punto. El pueblo de Puente Villarente se estira luego a todo lo largo de la carretera. A la salida del poblado los caminantes se dieron el respiro de tres kilómetros por la antigua calzada hasta Arcahueja, o Arcabueja, que queda sobre una loma.
La placidez del trayecto invitaba a aminorar el paso y propiciaba la conversación distendida, que a la postre versó sobre filosofía, o más precisamente, sobre la historia de la filosofía, que era uno de los temas de estudio comunes en las cayenas del Sodalicio. El Caminante Mayor estaba firmemente convencido de que los grandes temas de la investigación filosófica y los límites de este tipo de conocimiento habían sido establecidos por los griegos de una vez por todas. Ramón Forteza objetó que ciertos progresos fundamentales de la matemática, como el cálculo infinitesimal, habían marcado profundamente el pensamiento occidental y habían hecho retroceder los límites fijados por los griegos. Al cabo, el debate fue a estrellarse en Kant, como no podía ser de otra manera.
A la salida de Arcahueja retomaron la dichosa carretera, por la vera de la cual caminaron pacientemente hasta Valdelafuente. Aquí comienza la extensa zona industrial de León. La carretera discurre entre fábricas y cobertizos, con la ventaja de que en la mayoría de los tramos hay aceras que permiten despreocuparse del tráfico. Tres horas después de salir de Mansilla los caminantes alcanzaron el Alto del Portillo, desde el que se divisa el impresionante espectáculo de la ciudad de León. Un kilómetro más adelante pudieron abandonar la carretera general y entraron en la ciudad por el antiguo itinerario, que es ya una avenida urbana que en el barrio de Puente Castro salva con un puente el río Torío. Aquí se hallaba el Castrum Iudeorum, una de las juderías más importantes de la Edad Media, desarraigada ya en el siglo XII.
Inde Legio, urbs regalis et curialis, cunctis felicitatibus plena. ("Luego viene León, ciudad real y administrativa, llena de toda clase de goces"). Así saluda el Liber Sancti Iacobi a la capital leonesa. El nombre le viene de la Legio VII Gemina, que aquí, junto al río, estableció un "castrum" poco antes del inicio de nuestra era. El campamento pasó a ser ciudad, que tuvo una discreta presencia durante las épocas romana y visigoda. A raíz de la invasión de los norteafricanos fue abandonada por completo, a mediados del siglo VIII. Por espacio de un siglo y medio, Legio fue una ciudad amurallada fantasma. Cuando los neovisigodos bajaron de sus montañas, la hicieron capital del reino cristiano, restaurando y ampliando las murallas, un buen lienzo de las cuales se conserva detrás de la colegiata de San Isidoro. León se convirtió en la ciudad más grande y espléndida de la Hispania cristiana. Sólo cuando el reino unificado de Castilla y León desplazó su centro de gravedad a Toledo, a principios del siglo XII, León comenzó a decaer políticamente. El Camino, sin embargo, mantuvo a la ciudad viva y próspera.
Los caminantes pasaron por delante de la iglesia románica de Santa Ana, cuyos alarifes, en el siglo XII, hicieron lo que pudieron. Seguidamente penetraron en el recinto medieval por la que había sido Puerta Moneda. Rebasaron la iglesia de Santa María del Mercado, el convento de la Concepción y enfilaron la rúa que antes se llamó de los Francos, pues éste era el barrio de ellos. Esta calle conserva muchas casas hidalgas con sus escudos. Uno de estos caserones era la cayena del Sodalicio en León, modesto lugar de paso para los caminantes. El edificio era de fachada angosta pero profundo y se apoyaba, decían, en la antigua muralla romana. Los caminantes, que eran esperados, fueron afablemente acogidos por la Magistra Domus, una mujer italiana de rasgos helénicos y voz musical como un bordón de órgano. Faltaba poco para el almuerzo, por lo cual los caminantes procedieron a un somero pediluvio, bajando al refectorio a la una y media en punto. Se alojaban en la residencia, en aquel doce de octubre, ocho miembros del Sodalicio, cinco mujeres y tres hombres, además de los recién llegados y de la regenta. Al entrar en la sala Ramón Forteza escudriñó todos los rincones como si buscara algo, hasta que a su lado alguien le dio un codazo y murmuró quedo: "No está. No la volveremos a encontrar hasta Villafranca del Bierzo".
En un ángulo del refectorio había un pequeño armónium con teclado de cuatro octavas, una quinta y un tono.
Sirvieron una fresca Kartoffelnsalat, seguida de un suntuoso cordero asado al modo de Sahagún, acompañado de pimientos rojos braseados. De postre hubo pastel de castañas. Se puso vino tinto del Bierzo en picheles, pero para los llegantes se descorchó una botella de blanco de Cacabelos. "Estáis en todo", comentó el Caminante. "Casi en todo", repuso sonriente la Magistra.
Después de una sobremesa familiar y jovial (que viene de Jovis, no de joven, precisó el Mair), los caminantes se retiraron a dormir la siesta. A media tarde salieron para recorrer con comedimiento los monumentos de la ciudad, que son muchos, aunque desparramados por un tejido urbano que a copia de "voluntad de progreso" o algo parecido ha dado al traste con el carácter medieval del casco viejo. Visitaron la catedral, espectacular fábrica gótica del siglo XIII, edificada sobre los restos de la iglesia de Santa María de la Regla, que era de hecho el palacio de Ordoño II, construido sobre las termas romanas. La "Pulchra Leonina" tuvo la insólita ventaja de haber sido construida con relativa rapidez, circunstancia que redundó en una armoniosa trabazón del conjunto. Pasaron luego, atravesando el barrio antiguo mejor conservado, a la colegiata de San Isidoro, espléndido románico del siglo XI remozado en el XII. Se entretuvieron contemplando los capiteles y los tímpanos, bajando luego a la cripta para admirar los frescos del siglo XII. No olvidaron el códice visigótico de la Biblia en el museo.
Se acercaron luego al Hostal San Marcos, antiguo hospital de peregrinos, reedificado en el siglo XVI en airoso estilo plateresco. La sillería del coro, confiscado por el establecimiento turístico, es un prodigio de finura y reflexión. En el bar del Hostal tomaron un vino blanco y regresaron al albergue por la alameda que bordea el río Bernesga, muy animada a la sazón, pues era jornada festiva en el país.
Después de la cena, que fue sobria y a hora temprana, salieron a gulusmear por el viejo León. En una callejuela entre la catedral y el seminario pasaron por delante de un establecimiento con fanales rojizos que se anunciaba como whisky club. Mientras seguían paseando por la callejuela, los caminantes constataron que llevaban muchos días de total abstinencia de los denominados por antonomasia placeres de la carne, en modo alguno suplidos, antes bien acrecentados por la buena mesa de las residencias del Sodalicio. Puesto que, por otra parte, estaban convencidos de que la continencia llevada a un extremo no contribuía en absoluto al perfeccionamiento individual, decidieron explorar las posibilidades que en orden a la restauración del equilibrio psicosomático ofrecía la noche leonesa. Entraron en el local arrebolado y pidieron, por creer que era lo obligado, dos whiskies. Conversaron distendidamente con la encargada del local, a la que expusieron su propósito sin rebozo alguno. Amable y comprensiva, la dueña convocó a dos muchachas de agradable aspecto que se mostraron dispuestas, mediante una congrua retribución, a prestar a los caminantes el servicio que requerían, cosa que cumplieron con profesionalidad y solercia en el lugar adecuado.
El Camino Superior de Santiago
novela por entregas
aparecerá en este blog un capítulo cada semana
Inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Barcelona, 2005.
DECIMOQUINTA ENTREGA
N
14
De Mansilla de las Mulas a León
Octubre pintaba de vinagre las hojas de los chopos en la gran alameda de la riba del Esla a la salida de Mansilla. Descansados y de excelente humor, los caminantes atravesaron el puente medieval de ocho ojos sobre el río Esla y anduvieron por la carretera vieja de León, abandonándola poco después para tomar a la izquierda una pista agrícola que corre paralela a la carretera sobre cuatro kilómetros. Pasaron un cruce que lleva por la derecha a San Miguel de Escalada y por la izquierda a Mansilla Mayor. La pista va entre la carretera, que es ya la nacional 601, y una acequia que riega extensos tablares de huerta. El día se levantaba claro. El sol pugnaba por escapar de unos inofensivos celajes, arrebolándolos como de puesta. Cuando se deshizo de ellos, vertió sobre las feraces vaguadas una lluvia de claridad azulada.
Antes de entrar en Villamoros hay un desvío a la derecha que lleva al cerro de Lancia, que fue sitio importante de los astures augustanos antes de los romanos. Los caminantes renunciaron a la excursión arqueológica y entraron en Villamoros de Mansilla, antes Villamoros del Camino Francés, por la carretera vieja, que atraviesa el pueblo, por lo demás desprovisto de servicios. A la salida de la población atravesaron la carretera y tomaron a la derecha un camino de tierra que en veinte minutos les dejó ante Villarente. Cruzaron el singular puente sobre el río Pormo, de veinte ojos y corcovado desde que lo construyeron en la Edad Media. A la salida, un devoto canónigo, un echacuervos de Triacastela, hizo levantar en el siglo XIV un hospital de peregrinos; queda la fábrica del edificio, con una puerta de arco de medio punto. El pueblo de Puente Villarente se estira luego a todo lo largo de la carretera. A la salida del poblado los caminantes se dieron el respiro de tres kilómetros por la antigua calzada hasta Arcahueja, o Arcabueja, que queda sobre una loma.
La placidez del trayecto invitaba a aminorar el paso y propiciaba la conversación distendida, que a la postre versó sobre filosofía, o más precisamente, sobre la historia de la filosofía, que era uno de los temas de estudio comunes en las cayenas del Sodalicio. El Caminante Mayor estaba firmemente convencido de que los grandes temas de la investigación filosófica y los límites de este tipo de conocimiento habían sido establecidos por los griegos de una vez por todas. Ramón Forteza objetó que ciertos progresos fundamentales de la matemática, como el cálculo infinitesimal, habían marcado profundamente el pensamiento occidental y habían hecho retroceder los límites fijados por los griegos. Al cabo, el debate fue a estrellarse en Kant, como no podía ser de otra manera.
A la salida de Arcahueja retomaron la dichosa carretera, por la vera de la cual caminaron pacientemente hasta Valdelafuente. Aquí comienza la extensa zona industrial de León. La carretera discurre entre fábricas y cobertizos, con la ventaja de que en la mayoría de los tramos hay aceras que permiten despreocuparse del tráfico. Tres horas después de salir de Mansilla los caminantes alcanzaron el Alto del Portillo, desde el que se divisa el impresionante espectáculo de la ciudad de León. Un kilómetro más adelante pudieron abandonar la carretera general y entraron en la ciudad por el antiguo itinerario, que es ya una avenida urbana que en el barrio de Puente Castro salva con un puente el río Torío. Aquí se hallaba el Castrum Iudeorum, una de las juderías más importantes de la Edad Media, desarraigada ya en el siglo XII.
Inde Legio, urbs regalis et curialis, cunctis felicitatibus plena. ("Luego viene León, ciudad real y administrativa, llena de toda clase de goces"). Así saluda el Liber Sancti Iacobi a la capital leonesa. El nombre le viene de la Legio VII Gemina, que aquí, junto al río, estableció un "castrum" poco antes del inicio de nuestra era. El campamento pasó a ser ciudad, que tuvo una discreta presencia durante las épocas romana y visigoda. A raíz de la invasión de los norteafricanos fue abandonada por completo, a mediados del siglo VIII. Por espacio de un siglo y medio, Legio fue una ciudad amurallada fantasma. Cuando los neovisigodos bajaron de sus montañas, la hicieron capital del reino cristiano, restaurando y ampliando las murallas, un buen lienzo de las cuales se conserva detrás de la colegiata de San Isidoro. León se convirtió en la ciudad más grande y espléndida de la Hispania cristiana. Sólo cuando el reino unificado de Castilla y León desplazó su centro de gravedad a Toledo, a principios del siglo XII, León comenzó a decaer políticamente. El Camino, sin embargo, mantuvo a la ciudad viva y próspera.
Los caminantes pasaron por delante de la iglesia románica de Santa Ana, cuyos alarifes, en el siglo XII, hicieron lo que pudieron. Seguidamente penetraron en el recinto medieval por la que había sido Puerta Moneda. Rebasaron la iglesia de Santa María del Mercado, el convento de la Concepción y enfilaron la rúa que antes se llamó de los Francos, pues éste era el barrio de ellos. Esta calle conserva muchas casas hidalgas con sus escudos. Uno de estos caserones era la cayena del Sodalicio en León, modesto lugar de paso para los caminantes. El edificio era de fachada angosta pero profundo y se apoyaba, decían, en la antigua muralla romana. Los caminantes, que eran esperados, fueron afablemente acogidos por la Magistra Domus, una mujer italiana de rasgos helénicos y voz musical como un bordón de órgano. Faltaba poco para el almuerzo, por lo cual los caminantes procedieron a un somero pediluvio, bajando al refectorio a la una y media en punto. Se alojaban en la residencia, en aquel doce de octubre, ocho miembros del Sodalicio, cinco mujeres y tres hombres, además de los recién llegados y de la regenta. Al entrar en la sala Ramón Forteza escudriñó todos los rincones como si buscara algo, hasta que a su lado alguien le dio un codazo y murmuró quedo: "No está. No la volveremos a encontrar hasta Villafranca del Bierzo".
En un ángulo del refectorio había un pequeño armónium con teclado de cuatro octavas, una quinta y un tono.
Sirvieron una fresca Kartoffelnsalat, seguida de un suntuoso cordero asado al modo de Sahagún, acompañado de pimientos rojos braseados. De postre hubo pastel de castañas. Se puso vino tinto del Bierzo en picheles, pero para los llegantes se descorchó una botella de blanco de Cacabelos. "Estáis en todo", comentó el Caminante. "Casi en todo", repuso sonriente la Magistra.
Después de una sobremesa familiar y jovial (que viene de Jovis, no de joven, precisó el Mair), los caminantes se retiraron a dormir la siesta. A media tarde salieron para recorrer con comedimiento los monumentos de la ciudad, que son muchos, aunque desparramados por un tejido urbano que a copia de "voluntad de progreso" o algo parecido ha dado al traste con el carácter medieval del casco viejo. Visitaron la catedral, espectacular fábrica gótica del siglo XIII, edificada sobre los restos de la iglesia de Santa María de la Regla, que era de hecho el palacio de Ordoño II, construido sobre las termas romanas. La "Pulchra Leonina" tuvo la insólita ventaja de haber sido construida con relativa rapidez, circunstancia que redundó en una armoniosa trabazón del conjunto. Pasaron luego, atravesando el barrio antiguo mejor conservado, a la colegiata de San Isidoro, espléndido románico del siglo XI remozado en el XII. Se entretuvieron contemplando los capiteles y los tímpanos, bajando luego a la cripta para admirar los frescos del siglo XII. No olvidaron el códice visigótico de la Biblia en el museo.
Se acercaron luego al Hostal San Marcos, antiguo hospital de peregrinos, reedificado en el siglo XVI en airoso estilo plateresco. La sillería del coro, confiscado por el establecimiento turístico, es un prodigio de finura y reflexión. En el bar del Hostal tomaron un vino blanco y regresaron al albergue por la alameda que bordea el río Bernesga, muy animada a la sazón, pues era jornada festiva en el país.
Después de la cena, que fue sobria y a hora temprana, salieron a gulusmear por el viejo León. En una callejuela entre la catedral y el seminario pasaron por delante de un establecimiento con fanales rojizos que se anunciaba como whisky club. Mientras seguían paseando por la callejuela, los caminantes constataron que llevaban muchos días de total abstinencia de los denominados por antonomasia placeres de la carne, en modo alguno suplidos, antes bien acrecentados por la buena mesa de las residencias del Sodalicio. Puesto que, por otra parte, estaban convencidos de que la continencia llevada a un extremo no contribuía en absoluto al perfeccionamiento individual, decidieron explorar las posibilidades que en orden a la restauración del equilibrio psicosomático ofrecía la noche leonesa. Entraron en el local arrebolado y pidieron, por creer que era lo obligado, dos whiskies. Conversaron distendidamente con la encargada del local, a la que expusieron su propósito sin rebozo alguno. Amable y comprensiva, la dueña convocó a dos muchachas de agradable aspecto que se mostraron dispuestas, mediante una congrua retribución, a prestar a los caminantes el servicio que requerían, cosa que cumplieron con profesionalidad y solercia en el lugar adecuado.
domingo, 4 de febrero de 2007
LA AMATISTA
LA AMATISTA
El Camino Superior de Santiago
novela por entregas
aparecerá en este blog un capítulo cada semana
Inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Barcelona, 2005.
DECIMOCUARTA ENTREGA
MEM
13
De Sahagún a Mansilla de las Mulas
.
Pasadas las siete de la mañana del once de octubre, en un amanecer cubierto y ceniciento, los caminantes salieron del caserón de la cayena de Sahagún, sumido todavía en silencio, cerrando cuidadosamente la puerta tras sí. Les aguardaban nueve horas de andadura a través del páramo leonés.
Bordeando la plaza Mayor se dirigieron hacia el puente sobre el río Cea, pasando por delante del convento de benedictinas, edificado junto al solar del antiguo cenobio cluniacense de San Facundo. En la calle, o más bien carretera, que desciende hacia el puente hallaron un café que abría las puertas. Recabaron noticia del estado de la cafetera exprés, y fueron informados por el ventero de que llevaba media hora calentándose, extremo que celebraron y elogiaron. Sorbieron un enérgico café con leche en el que mojaron un par de bizcochos recién horneados traídos de la tahona vecina y, ya desentumecidos, estrecharon la mano del amable profesional, que no quiso aceptar retribución alguna, y cruzando el río Cea por el puente de Canto, de cinco arcos, se dispusieron pacientemente a marchar por la carretera vieja de León hasta Calzada del Coto, a media hora de distancia. Junto al río Cea admiraron la tupida alameda llamada "Campo de las Lanzas de Carlomagno". Las hojas de los chopos se resignaban a su jalde otoñal, llenando el río de reflejos amarillentos. La leyenda de las lanzas ocupa el capítulo octavo del Libro de Turpín, que es el libro cuarto del Codex Calixtinus. Refiere que cuando las tropas del franco se aprestaban a entrar en batalla contra el moro Aigolando ocurrió un hecho milagroso: las lanzas de los cristianos reverdecieron como árboles.
En el bar del camping Ponce de León (éste fue un monje sanfacundino introductor de técnicas para la enseñanza de sordos y mudos) bebieron un vaso de vino blanco a la memoria del caballo de Carlomagno y siguieron adelante. Cuando la carretera vieja se entrecruza con la de circunvalación y la autovía de León, siguieron por la ronda hacia la izquierda hasta llegar a un crucero que señala el inicio del andadero que ya no tenían que abandonar hasta Mansilla de las Mulas.
Este andadero es una pista de tierra apisonada de no más de tres metros de anchura, flanqueado al lado de mediodía por una liña de árboles de sombra. Se extiende de Calzada del Coto a Mansilla de las Mulas, sobre un total de treinta y dos kilómetros. Está reservado a los caminantes, que disponen de zonas de descanso. Fue construido a iniciativa de la Junta de Castilla y León. Desgraciadamente, los mismos junteros tuvieron la ocurrencia de construir una autovía que entre Calzada del Coto y Burgo Raneros discurre a menos de quinientos metros del andadero, rompiendo su otrora plácido y silencioso entorno. A lo que se echa de ver, la providente Junta no quiso privar a los peregrinos de la provechosa penitencia de caminar tres horas oyendo a su derecha el rugido de los motores de explosión ("ahí estallaremos todos", apostilló el Caminante mayor).
En Calzada del Coto se bifurcaba el antiguo camino. Una ruta, al parecer la romana Via Traiana, iba por Calzadilla de los Hermanillos hacia Reliegos y Mansilla. Otra, más reciente y directa, pasaba por Bercianos y Burgo Ranero, y era conocida como Camino Real.
Sin entrar en Calzada del Coto, los caminantes se instalaron sobre el cómodo andadero y cobraron camino en poco más de una hora hasta Bercianos del Real Camino Francés, dejando a la izquierda la ermita de Nuestra Señora de Perales. En Bercianos se restauraron en el modesto mesón del pueblo con pan, chorizo y nueces. Faltando el café y siendo el vino de insegura filiación, optaron por media copita de aguardiente a título de viático, tras lo cual recuperaron la ruta.
La calzada jacobea discurre por un páramo de ancho horizonte, ligeramente ondulado, sin más árboles que la liña del nuevo camino. Hacia el norte se divisa la masa azulada de los montes astures. Hacia el sur y hacia el oeste la mirada se detiene sólo en la línea que trazan el cielo y la tierra al juntarse en el horizonte. Hazas de cereales, con cultivo extensivo, bien servido por una red de pistas agrícolas.
En poco más de hora y media llegaron los caminantes al Burgo Raneros. El nombre parece que le viene de una gran charca, que aquí llaman laguna, en la que efectivamente hay muchas ranas. La calzada discurre por la calle Mayor. Las mezquinas casas de adobe van cediendo el paso a construcciones de ladrillo, con ventanas de aluminio y puertas metálicas. El pueblo prospera a ojos vistas. Hacia el lado de la estación del ferrocarril un enorme silo desvela gráficamente la fuente de esta prosperidad. Los caminantes se dirigieron a un espacioso mesón en la parte norte del pueblo. Tomaron un café y encargaron una bolsa de provisiones: pan, queso y aceitunas. Vaciaron la bota de su vino recalentado y la llenaron de vino blanco leonés, que era el que ofrecía la casa. Antes del mediodía solar se hallaban de nuevo en el camino, acompañados por un peregrino al que hallaron bebiendo agua mineral en el café. Era un hombre de mediana edad, delgado, de cabellos largos y clareados, barbirrucio, vestido de algodón claro con un toque oriental.
La tarde se avecinaba limpia, con un cielo moteado de nubes altas y dispersas. El sol, harto de trepar, se vertía ya hacia el ocaso, donando luz y calor en forma de claridad tierna y madura.
El peregrino era francés, borgoñón por más señas y se presentó como hombre que, tras liquidar sus negocios terrenales, se había entrado por las vías de la sabiduría del Oriente, que en su caso era la doctrina del shivaísmo de Cachemira, que bebía en sus fuentes sánscritas. Proclamó con énfasis profético la superioridad de las sapiencias orientales, que en el curso de la historia habían librado a Occidente de su irremediable y por lo visto congénita penuria espiritual. "Ex Oriente lux", pregonó. El mundo occidental era una ciénaga de presunción, violencia y hedonismo. El caminante mayor corroboró amablemente el panegírico orientalista del borgoñón aduciendo dos preclaros ejemplos de la sabiduría de la India: la invención del cero y la teoría de la resistencia civil pacífica de Mahatma Gandhi. El borgoñón repuso con un cierto desabrimiento que no eran éstos los productos sapienciales a los que se refería, sino a profundas y misteriosas doctrinas acerca de Dios, del mundo y del hombre. El caminante mayor quiso saber si el peregrino se adhería a la máxima "ad clariora per obscuriora" (“a lo claro a través de lo oscuro”), y una vez se hubo cerciorado de que, efectivamente, ésta era una de las divisas que guiaban el ánimo del peregrino, propuso que, puesto que había llegado al arroyo de Buen Solana, con su charca y su alameda, hicieran un alto para consumir la merienda que tenían preparada, invitando al compañero de ruta. Declinó éste la invitación y prosiguió su camino. Los dos caminantes se sentaron a la sombra de los álabes ya amarillentos de un chopo y sacando sus provisiones comieron y bebieron apaciblemente.
Del Burgo Ranero a Reliegos hay dos horas y media por el camino nuevo, tan agradecido de andar. Después del arroyo de Buen Solana se cruzan todavía los de Valdeasneros y Utielga, de linfa más bien escasa, con sus ribazos de juncales y sauzgatillos. Se corta un vial que lleva a Villamarco, a la izquierda; la estación de ferrocarril queda a la derecha. Hay aquí una charca, llamada solemnemente Laguna Mayor (¡cómo debe de ser la Menor¡, apostillaron). A poco se atraviesa la vía del ferrocarril y enseguida se cruza el arroyo de Valdearcos. La campiña comienza a ondularse. Se entra en el ejido de Reliegos, que queda a menos de media hora.
Reliegos es hito antiguo sobre la Via Traiana. Palantia era su nombre romano. A la entrada de la población hay varias bodegas subterráneas con sus chimeneas de ventilación todavía enhiestas. A la derecha, en un altozano, las ruinas de una iglesia gótica. Los caminantes hicieron un alto para tomar un buen refrigerio en el café del pueblo, y siguieron adelante por la calle Real para llegar a Mansilla de las Mulas antes de que cayera la noche. La calzada nueva discurre todavía por el páramo, entre trigales y barbecheras. Mas adelante entra por el feraz valle del Esla. Se cruza el arroyo Grande. Hazas de cultivos y liñas de frutales hacen amena la ruta. Medio kilómetro antes de la villa termina el acogedor andadero que ha sostenido a los peregrinos durante treinta y dos kilómetros. Los caminantes hicieron votos para que el riego, natural o acarreado, no faltara a los árboles que flanquean la calzadilla, plantados con más buena voluntad que eficacia. Cumplido este deber de agradecimiento, se apresuraron a entrar en Mansilla de las Mulas.
Mansilla fue almodóvar. De sus antiguas murallas, en parte curvilíneas, quedan algunos lienzos, dos albacaras y el entero Arco de la Concepción, que mira a levante. Tuvo siete iglesias, de las que quedan tres: San Martín, románica, Santa María de la Asunción y Nuestra Señora de la Gracia. Tiene plaza Mayor con soportales de madera.
Los caminantes se dirigieron sin entretenerse al Hostal Las Delicias, donde, gracias a la diligencia de los compañeros de Sahagún, ya eran esperados. A pesar de la fatiga de las nueve horas de marcha prefirieron postergar el descanso hasta la noche, y habiendo convenido una cena a hora temprana, pasaron el resto de la tarde sentados a la mesa de un café de ambiente cargado y ruidoso. Consintieron en abotargarse como el resto de los contertulios y hasta jugaron con ellos unas partidas de dominó, que ganó sistemáticamente el mallorquín.
La cena que habían encargado consistía en el indefectible bacalao al estilo de Mansilla de las Mulas, que viene con huevos cocidos y pan frito. Lo regaron con vino blanco de Arganza, cerrando el excelente condumio con un arroz con leche casero, tras lo cual se dispensaron de sobremesa y corrieron a acostarse.
El Camino Superior de Santiago
novela por entregas
aparecerá en este blog un capítulo cada semana
Inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Barcelona, 2005.
DECIMOCUARTA ENTREGA
MEM
13
De Sahagún a Mansilla de las Mulas
.
Pasadas las siete de la mañana del once de octubre, en un amanecer cubierto y ceniciento, los caminantes salieron del caserón de la cayena de Sahagún, sumido todavía en silencio, cerrando cuidadosamente la puerta tras sí. Les aguardaban nueve horas de andadura a través del páramo leonés.
Bordeando la plaza Mayor se dirigieron hacia el puente sobre el río Cea, pasando por delante del convento de benedictinas, edificado junto al solar del antiguo cenobio cluniacense de San Facundo. En la calle, o más bien carretera, que desciende hacia el puente hallaron un café que abría las puertas. Recabaron noticia del estado de la cafetera exprés, y fueron informados por el ventero de que llevaba media hora calentándose, extremo que celebraron y elogiaron. Sorbieron un enérgico café con leche en el que mojaron un par de bizcochos recién horneados traídos de la tahona vecina y, ya desentumecidos, estrecharon la mano del amable profesional, que no quiso aceptar retribución alguna, y cruzando el río Cea por el puente de Canto, de cinco arcos, se dispusieron pacientemente a marchar por la carretera vieja de León hasta Calzada del Coto, a media hora de distancia. Junto al río Cea admiraron la tupida alameda llamada "Campo de las Lanzas de Carlomagno". Las hojas de los chopos se resignaban a su jalde otoñal, llenando el río de reflejos amarillentos. La leyenda de las lanzas ocupa el capítulo octavo del Libro de Turpín, que es el libro cuarto del Codex Calixtinus. Refiere que cuando las tropas del franco se aprestaban a entrar en batalla contra el moro Aigolando ocurrió un hecho milagroso: las lanzas de los cristianos reverdecieron como árboles.
En el bar del camping Ponce de León (éste fue un monje sanfacundino introductor de técnicas para la enseñanza de sordos y mudos) bebieron un vaso de vino blanco a la memoria del caballo de Carlomagno y siguieron adelante. Cuando la carretera vieja se entrecruza con la de circunvalación y la autovía de León, siguieron por la ronda hacia la izquierda hasta llegar a un crucero que señala el inicio del andadero que ya no tenían que abandonar hasta Mansilla de las Mulas.
Este andadero es una pista de tierra apisonada de no más de tres metros de anchura, flanqueado al lado de mediodía por una liña de árboles de sombra. Se extiende de Calzada del Coto a Mansilla de las Mulas, sobre un total de treinta y dos kilómetros. Está reservado a los caminantes, que disponen de zonas de descanso. Fue construido a iniciativa de la Junta de Castilla y León. Desgraciadamente, los mismos junteros tuvieron la ocurrencia de construir una autovía que entre Calzada del Coto y Burgo Raneros discurre a menos de quinientos metros del andadero, rompiendo su otrora plácido y silencioso entorno. A lo que se echa de ver, la providente Junta no quiso privar a los peregrinos de la provechosa penitencia de caminar tres horas oyendo a su derecha el rugido de los motores de explosión ("ahí estallaremos todos", apostilló el Caminante mayor).
En Calzada del Coto se bifurcaba el antiguo camino. Una ruta, al parecer la romana Via Traiana, iba por Calzadilla de los Hermanillos hacia Reliegos y Mansilla. Otra, más reciente y directa, pasaba por Bercianos y Burgo Ranero, y era conocida como Camino Real.
Sin entrar en Calzada del Coto, los caminantes se instalaron sobre el cómodo andadero y cobraron camino en poco más de una hora hasta Bercianos del Real Camino Francés, dejando a la izquierda la ermita de Nuestra Señora de Perales. En Bercianos se restauraron en el modesto mesón del pueblo con pan, chorizo y nueces. Faltando el café y siendo el vino de insegura filiación, optaron por media copita de aguardiente a título de viático, tras lo cual recuperaron la ruta.
La calzada jacobea discurre por un páramo de ancho horizonte, ligeramente ondulado, sin más árboles que la liña del nuevo camino. Hacia el norte se divisa la masa azulada de los montes astures. Hacia el sur y hacia el oeste la mirada se detiene sólo en la línea que trazan el cielo y la tierra al juntarse en el horizonte. Hazas de cereales, con cultivo extensivo, bien servido por una red de pistas agrícolas.
En poco más de hora y media llegaron los caminantes al Burgo Raneros. El nombre parece que le viene de una gran charca, que aquí llaman laguna, en la que efectivamente hay muchas ranas. La calzada discurre por la calle Mayor. Las mezquinas casas de adobe van cediendo el paso a construcciones de ladrillo, con ventanas de aluminio y puertas metálicas. El pueblo prospera a ojos vistas. Hacia el lado de la estación del ferrocarril un enorme silo desvela gráficamente la fuente de esta prosperidad. Los caminantes se dirigieron a un espacioso mesón en la parte norte del pueblo. Tomaron un café y encargaron una bolsa de provisiones: pan, queso y aceitunas. Vaciaron la bota de su vino recalentado y la llenaron de vino blanco leonés, que era el que ofrecía la casa. Antes del mediodía solar se hallaban de nuevo en el camino, acompañados por un peregrino al que hallaron bebiendo agua mineral en el café. Era un hombre de mediana edad, delgado, de cabellos largos y clareados, barbirrucio, vestido de algodón claro con un toque oriental.
La tarde se avecinaba limpia, con un cielo moteado de nubes altas y dispersas. El sol, harto de trepar, se vertía ya hacia el ocaso, donando luz y calor en forma de claridad tierna y madura.
El peregrino era francés, borgoñón por más señas y se presentó como hombre que, tras liquidar sus negocios terrenales, se había entrado por las vías de la sabiduría del Oriente, que en su caso era la doctrina del shivaísmo de Cachemira, que bebía en sus fuentes sánscritas. Proclamó con énfasis profético la superioridad de las sapiencias orientales, que en el curso de la historia habían librado a Occidente de su irremediable y por lo visto congénita penuria espiritual. "Ex Oriente lux", pregonó. El mundo occidental era una ciénaga de presunción, violencia y hedonismo. El caminante mayor corroboró amablemente el panegírico orientalista del borgoñón aduciendo dos preclaros ejemplos de la sabiduría de la India: la invención del cero y la teoría de la resistencia civil pacífica de Mahatma Gandhi. El borgoñón repuso con un cierto desabrimiento que no eran éstos los productos sapienciales a los que se refería, sino a profundas y misteriosas doctrinas acerca de Dios, del mundo y del hombre. El caminante mayor quiso saber si el peregrino se adhería a la máxima "ad clariora per obscuriora" (“a lo claro a través de lo oscuro”), y una vez se hubo cerciorado de que, efectivamente, ésta era una de las divisas que guiaban el ánimo del peregrino, propuso que, puesto que había llegado al arroyo de Buen Solana, con su charca y su alameda, hicieran un alto para consumir la merienda que tenían preparada, invitando al compañero de ruta. Declinó éste la invitación y prosiguió su camino. Los dos caminantes se sentaron a la sombra de los álabes ya amarillentos de un chopo y sacando sus provisiones comieron y bebieron apaciblemente.
Del Burgo Ranero a Reliegos hay dos horas y media por el camino nuevo, tan agradecido de andar. Después del arroyo de Buen Solana se cruzan todavía los de Valdeasneros y Utielga, de linfa más bien escasa, con sus ribazos de juncales y sauzgatillos. Se corta un vial que lleva a Villamarco, a la izquierda; la estación de ferrocarril queda a la derecha. Hay aquí una charca, llamada solemnemente Laguna Mayor (¡cómo debe de ser la Menor¡, apostillaron). A poco se atraviesa la vía del ferrocarril y enseguida se cruza el arroyo de Valdearcos. La campiña comienza a ondularse. Se entra en el ejido de Reliegos, que queda a menos de media hora.
Reliegos es hito antiguo sobre la Via Traiana. Palantia era su nombre romano. A la entrada de la población hay varias bodegas subterráneas con sus chimeneas de ventilación todavía enhiestas. A la derecha, en un altozano, las ruinas de una iglesia gótica. Los caminantes hicieron un alto para tomar un buen refrigerio en el café del pueblo, y siguieron adelante por la calle Real para llegar a Mansilla de las Mulas antes de que cayera la noche. La calzada nueva discurre todavía por el páramo, entre trigales y barbecheras. Mas adelante entra por el feraz valle del Esla. Se cruza el arroyo Grande. Hazas de cultivos y liñas de frutales hacen amena la ruta. Medio kilómetro antes de la villa termina el acogedor andadero que ha sostenido a los peregrinos durante treinta y dos kilómetros. Los caminantes hicieron votos para que el riego, natural o acarreado, no faltara a los árboles que flanquean la calzadilla, plantados con más buena voluntad que eficacia. Cumplido este deber de agradecimiento, se apresuraron a entrar en Mansilla de las Mulas.
Mansilla fue almodóvar. De sus antiguas murallas, en parte curvilíneas, quedan algunos lienzos, dos albacaras y el entero Arco de la Concepción, que mira a levante. Tuvo siete iglesias, de las que quedan tres: San Martín, románica, Santa María de la Asunción y Nuestra Señora de la Gracia. Tiene plaza Mayor con soportales de madera.
Los caminantes se dirigieron sin entretenerse al Hostal Las Delicias, donde, gracias a la diligencia de los compañeros de Sahagún, ya eran esperados. A pesar de la fatiga de las nueve horas de marcha prefirieron postergar el descanso hasta la noche, y habiendo convenido una cena a hora temprana, pasaron el resto de la tarde sentados a la mesa de un café de ambiente cargado y ruidoso. Consintieron en abotargarse como el resto de los contertulios y hasta jugaron con ellos unas partidas de dominó, que ganó sistemáticamente el mallorquín.
La cena que habían encargado consistía en el indefectible bacalao al estilo de Mansilla de las Mulas, que viene con huevos cocidos y pan frito. Lo regaron con vino blanco de Arganza, cerrando el excelente condumio con un arroz con leche casero, tras lo cual se dispensaron de sobremesa y corrieron a acostarse.
lunes, 29 de enero de 2007
LA AMATISTA
LA AMATISTA
El Camino Superior de Santiago
novela por entregas
aparecerá en este blog un capítulo cada semana
Inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Barcelona, 2005.
DECIMOTERCERA ENTREGA
LAMED
12
De Carrión de los Condes a Sahagún
Once horas: nueve de andadura y dos de descanso. La etapa de Carrión a Sahagún era una de las más largas del itinerario. La siguiente, de Sahagún a Mansilla de las Mulas, no le andaba a la zaga. De ahí que los caminantes decidieran concederse un día de respiro en Sahagún, donde el Sodalició tenía una cayena de Instrucción.
A las siete de la mañana, mal espabilados por un café tan voluntarioso como endeble, los caminantes atravesaban el puente sobre el río Carrión, pasaban por delante del monasterio de San Zoilo y enfilaban la antigua carretera nacional 120 en dirección a Calzadilla de la Cueza. En sus balixas aguardaban, cuidadosamente empaquetados, los dulces del convento de Santa Clara. A sus espaldas se levantaba, sin prisas, un sol redondo y rojizo que forjaba de cobre el alfoz bien cultivado. Pasada la casa del Indiano llegaron en un cuarto de hora a la encrucijada de la nueva carretera de circunvalación, de la cual hicieron caso omiso, siguiendo todo derecho por la precaria carretera de Villotilla. Estaban sobre la llamada "Calzada de los Peregrinos". El Camino Real iba por Calzada de los Molinos. La calzada conserva en algunos tramos su estado antiguo, discurre algo elevada sobre el terreno circundante y está empedrada con menudos cantos rodados.
En la Calzada de los Peregrinos dos arroyos propician en el ejido un paisaje de prados y frutales. Cuatro kilómetros más adelante los caminantes llegaron a la explotación agropecuaria que ocupa el predio de la antigua abadía de Benevívere, desamortizada en su día y concienzudamente demolida por este pueblo de intrépidos cristianos. Junto a las bardas de la finca verdea la última arboleda de este tramo del Camino. Los caminantes se sentaron a la sombra de los alisos para refocilarse con la delicada repostería salida de las manos virginales de las monjas de Santa Clara.
La carretera cruza un puente sobre el arroyo Lagunilla de la Vega, que desagua en el río Carrión. Después del puente, la carretera tuerce al norte hacia su destino geográfico, mientras la antigua calzada sigue imperturbable hacia poniente. Comienza uno de los tramos más impresionantes del Camino de Santiago: once kilómetros en línea recta sobre el trazado de la antigua calzada romana, la via Traiana de Burdeos a Astorga. El terreno es llano y desarbolado; aliento de anchura de los campos de cereales y de las barbecheras. La Tierra de Campos palentina se ofrece al caminante como compendio y quintaesencia de esta Castilla en la que, sin saber porque, le gustaría demorarse. Nec tecum possum vivere, nec sine te ["No puedo vivir contigo ni sin ti"], glosó el Caminante mayor.
La calzada atraviesa los arroyos de Pozo Amargo y de Valdeamiento y cruza la carretera de Bustillo del Páramo. Un cuarto de hora después aparece a la izquierda una encina alta y solitaria. Otro arroyo y otra encina, esta vez enorme y copuda. Pero ya el terreno manifiesta veleidad de ondularse, anunciando la feraz vega del río Cueza de Villambroz. A poco se columbra a la derecha la severa torre de una iglesia de cementerio. Cuando el sol, otoñal y templado, se iba colgando del cielo más alto, los caminantes entraron en Calzadilla de la Cueza, agradeciendo la sombra de sus calles desabridas. Por un callejón a la izquierda de la calle Mayor se dirigieron al Hostal Camino Real, reputado por la buena atención que presta a los peregrinos. A pesar de caer a deshora (no eran todavía las doce), les sirvieron una jugosa tortilla de chorizo con ensalada. Bebieron un agua de remota procedencia y se consolaron, a yantar cerrado, con un dedal de aguardiente. No les entretuvo más de media hora el refrigerio. Bien descansados, recuperaron la calle Mayor, que aborda la carretera nacional 120 a la salida del pueblo. Se colocaron sobre la pista que se ha dispuesto como sirga peregrinal paralela a la carretera y se resignaron a recorrer lo que fue calzada real en la vecindad de los vehículos a motor de explosión ("de explosión", subrayó sarcásticamente el Caminante mayor).
El valle de la Cueza es feraz y verdeante: alisos, chopos, robles, vegetación de ribera. Hazas de cultivos variados: maíz, colza, girasol. Cruzaron el río y a poco divisaron a la izquierda un gran edificio con aspecto de granja abandonada. Es todo lo que queda del Hospital de Santa María de las Tiendas, conocido también como abadía del Grand Cavalier. Fue fundado por Bernalt Martínez en el siglo XII, y regido por la orden de Santiago hasta el siglo pasado. El peregrino Laffi dice que "aquí dan a los peregrinos ración de pan, vino y queso, que en este lugar hay en abundancia por los numerosos rebaños".
Dos kilómetros más adelante volvieron a cruzar el río Cueza y en menos de media hora llegaron a Ledigos. Antes de entrar en el pueblo abandonaron sin mesticia la carretera nacional y tomaron la local que lleva a Población de Arroyo. A los cinco minutos la dejaron también para entrar por una pista agrícola que en poco más de media hora, a través de trigales y barbecheros desarbolados, les condujo a Terradillos de Templarios.
Los caballeros del Temple tuvieron aquí una encomienda, de la que no queda más que los topónimos del pueblo y de un arroyo.
Los caminantes pararon un momento en el refugio que rige un holandés filojacobeo para tomar un café con leche dulzarrón y siguieron adelante por la pista que hace las veces de calzada. Anduvieron un trecho por la carretera de Villemar y al cuarto de hora, cruzado el arroyo de Templarios, entraron en Moratinos, es decir, pueblo de los pequeños moros, o sea, de los mudéjares. Aquí a la calle mayor le dicen Calzada Francesa. Media hora más de andadura los puso en San Nicolás del Real Camino, que en el siglo XII tuvo un hospital de leprosos regido por canónigos regulares de San Agustín. Los peregrinos, muy afrancesados por estos pagos, lo llamaron "del Petit Cavalier".
A la salida de San Nicolás, pasado el río Sequillo, la pista pierde su función de suplencia jacobea y se hace descaradamente agrícola; o esto o la sirga junto a la carretera, amonestan las voluntariosas señales. A los dos kilómetros se acaban las ambigüedades y las señales devuelven al caminante a la pista carreteril en el Alto del Carrasco, con una hermosa vista sobre Sahagún, a una hora de marcha.
La antigua calzada discurre por la izquierda de la carretera, pero se pierde al cabo de diez minutos. Se la puede recuperar pasado el puente sobre el río Valderaduey ("Val-de-Aratoi", nombre ibérico), tomando el camino de la ermita de la Virgen de la Puente, que es edificio románico mudéjar, de ladrillo; tuvo hospital de peregrinos. De la ermita a Sahagún queda algo más de un kilómetro a través de la mugre suburbial. Los caminantes, siempre dispuestos a ahorrarse el tráfico de la carretera, optaron por la ruta de la ermita con su insoslayable cochambre. Al atardecer entraban en Sahagún por el barrio de la estación. Atravesadas las vías, tomaron a su derecha la calle que lleva en línea recta a la plaza Mayor, pero antes de llegar a ella se desviaron hacia la iglesia de San Lorenzo. En un callejón adyacente el Sodalicio tenía una de sus principales cayenas de instrucción. Se trataba de una gran casa solariega de tres plantas, con impostas y almohadillados en la esquina, donde sobresalía una solana. Los ventanales eran altos y angostos; los del primer piso tenían medio frontón. El portón se abría en un arimez que trepaba hasta un balcón en el segundo piso. El aparejo era de ladrillo, excepto en los ángulos, que mostraban buena sillería.
La puerta estaba entornada y dejaba escapar un sordo rumor de chiquillería contenida. Entraron y se hallaron en un espacioso zaguán, de uno de cuyos muros pendía un gran tapiz blanco. Debajo del tapiz había un pequeño armónium con teclado de cuatro octavas, una quinta y un tono. Con todo sigilo, para no ser advertidos por los niños, subieron al primer piso. Saludaron a las compañeras y a los compañeros que allí se encontraban y seguidamente, precedidos por la Magistra Domus, se dirigieron a sus habitaciones. Estaban, en términos de la minordoma de Castrojeriz, despernados. Habían caminado treinta y siete kilómetros casi de corrido.
Ramón Forteza se dejó caer sobre la cama sin tan siquiera quitarse las botas. Adormecido, miró a su alrededor. La estancia era amplia y encalada. Embaldosado rojizo con almorrefas encarnadas. Cama de hierro con cobertor de droguete. Sillas de olmo con asiento y respaldar de esparto. Gran mesa de madera de roble con un ligero adobo de barniz. Ventana con alaroces a la antigua y cortina de terciopelo verde. Mirando las vigas del techo y barruntando que Blanca se hallaba en la cayena, Ramón Forteza se quedó dormido como un tronco.
-¡Arriba, mallorquín, que te estamos aguardando para la cena!
El caminante saltó de la cama y corrió a la puerta, que estaba entreabierta. Salió al corredor y se dio de bruces con un niño vestido con una túnica verde claro ceñida a la cintura por una correa negra. El rapaz lo miró con fingida severidad y, cogiéndolo de la mano, lo arrastró hacia la escalera. De esta guisa hicieron su entrada en el refectorio, el caminante medio dormido y el niño muerto de risa tirando de él.
La estancia, espaciosa, ocupaba un ángulo del edificio, correspondiente al saledizo de la solana. Una larguísima mesa sin manteles se extendía delante de los ventanales. Otra mesa redonda con mantel azul claro ocupaba el ángulo opuesto a la puerta. En torno a la mesa principal aguardaban de pie una treintena de compañeras y compañeros del Sodalicio, que acogieron al caminante con afabilidad y buen humor. Mientras bromeaban sobre las ventajas de la siesta vespertina, la puerta del refectorio se abrió y entró Blanca acompañada de un niño y una niña de su edad, vestidos todos con túnicas de color verde claro. Blanca se acomodó sin vacilación en la cabecera de la mesa principal, con un acompañante a cada lado. Una vez se hubo ella sentado se sentaron todos. La mesa pequeña estaba ocupada por los niños, que andaban ya por los postres armando un respetable jolgorio.
Sirvieron de primero coliflor al ajoarriero no muy subido. De principio hubo congrio con patatas. El vino, blanco de Cacabelos. De postre, higos secos de Fraga con avellanas.
Durante la cena Ramón Forteza fue instruido acerca de la cayena de Sahagún. Los caminantes solían demorarse en ella una o dos semanas. Se impartían cursos de historia, de ciencias físicas y de filosofía. Se ensayaba para la Gran Dramaturgia de Villafranca del Bierzo. De Sahagún salían ya todos con su papel definitivo y preparados para los ensayos generales. Sabían que el caminante era físico y que al día siguiente, después del seminario sobre los mozárabes, iba a dar una lección sobre física cuántica.
A la mañana siguiente, después del desayuno, tomado en un café bajo los soportales de la Plaza Mayor, el Mair anunció que tenía negocios que tratar en la cayena, de modo que Ramón Forteza se dispuso a recorrer solo la histórica villa de Sahagún.
El nombre se Sahagún es una contracción de San Facundo. Facundo y Primitivo fueron dos mártires de la última persecución. Monjes mozárabes huidos de Córdoba en el siglo X restauraron en el lugar un antiguo monasterio. En tiempos de Alfonso VI el cenobio fue puesto, como no, en manos de la orden de Cluny. Sahagún se convirtió en la implantación más importante de los cluniacenses en Hispania. Los cluniacenses de Sahagún llegaron a tener un poder económico y político desmesurado. Atrajeron al lugar a multitud de francos que se instalaron en la villa y que entraron en abierta lucha con la población autóctona. Las convulsiones sociales acabaron arruinando el monasterio y la misma villa, que es hoy un pobre trasunto de lo que fue. De la iglesia románica del monasterio de San Facundo no queda nada. Se conservan dos hermosas iglesias de la arquitectura de ladrillo característica del románico mudéjar, San Tirso y San Lorenzo, y el convento de la Peregrina, románico del siglo XIII.
La moderna Sahagún es un importante centro de agricultura extensiva. La ciudad es próspera y se desparrama por la llanura sin gracia alguna. Desaparecieron la mayoría de sus iglesias románicas, pero han sido sustituidas por suntuosos bares y discotecas que dan a la noche sanfacundina un característico sabor roquero.
Ramón Forteza deambulaba despaciosamente por la nave lateral izquierda de San Tirso, intentando resumir en unos pocos conceptos claros y accesibles toda la complejidad de la teoría cuántica. Súbitamente, en las bóvedas del templo, hasta el momento silenciosas, resonaron risas y murmullos infantiles. Asomándose a la nave central, Ramón Forteza vio que por el pasillo avanzaba en formación compacta un grupo de niñas y niños del Sodalicio, impecablemente vestidos con camisa y pantalón de lino azul claro. Uno de los mozos llevaba un libro en la mano y, subido a las gradas del presbiterio, comenzó a leer una descripción del monumento. En medio del corro destacaba la mata de pelo negro de Blanca. Ramón Forteza permaneció inmóvil contemplándola, hasta que se dio cuenta que los ojos de ella estaban fijos en los suyos. Azorado, amagó resguardarse tras una columna, pero se contuvo cuando vio que Blanca se desgajaba del grupo y avanzaba decidida hacia la nave lateral. Cuando estuvo frente a él esbozó una sonrisa y dijo sencillamente:
-Hola, mallorquín.
Ramón Forteza hizo acopio de fuerzas para responder con naturalidad:
-Buenos días, Blanca. -Pero la última "a" le salió algo quebrada. La jovencita lo escudriñó en silenció y al cabo exclamó:
-No soy una vestal y no muerdo.
El caminante, confuso, inició una respuesta, pero ella lo interrumpió:
-¿Piensas que está prohibido hablar conmigo?
-Pues...
-Pues no. Ven, hablemos.
Y, cogiéndolo del brazo, lo condujo sosegadamente hacia la penumbra de la nave lateral. En medio de la nave central el grupo infantil porfiaba en su visita guiada sin inquietarse por el mutis de Blanca.
El caminante, ya completamente serenado por la afable naturalidad de la muchacha, inició un interrogatorio largamente meditado.
-¿No te abruma ser un símbolo viviente?
-No es nada abrumador. Mi carácter simbólico es puramente ritual. Sólo soy un símbolo durante las celebraciones. En todo lo demás soy como las demás niñas.
-Pero los Caminantes te tratan con particulares manifestaciones de respeto.
-Esto forma parte del ritual. Luego, si les da por suspenderme una asignatura me la suspenden sin pestañear y sin ponerse de pie.
-¿Qué estudias?
-Primero de educación secundaria. Y otras muchas cosas. Nos aprietan sin piedad.
-¿Qué otras cosas?
-Música, historia, latín... Y matemáticas hasta en la sopa.
-¿Te gustan las matemáticas?
-Me gustan, pero me cuestan.
-¿Quien te las enseña?
-Una caminante mayor de Cambridge.
-¿Qué te gustaría estudiar después?
-Farmacia.
¿Por qué?
-Me ilusionaría descubrir un nuevo medicamento para aliviar el dolor humano.
-¿No te sientes sola?
-No, no...Soy muy feliz con mis amigas y mis amigos del Sodalicio.
-¿No echas de menos a tu familia?
-No. Sé que cuando termine esto volveré junto a ellos.
-¿Cuántos niños sois en el Sodalicio?
-Cien.
-¿De dónde sois?
-La mayoría son hijos de caminantes de más allá de los Pirineos. Algunos somos de pueblos y ciudades del Camino.
-¿Cuál es vuestra tarea?
-Participamos como actores y como cantores en la Gran Dramaturgia de Villafranca del Bierzo y en la Gran Blasfemia de Santiago.
-¿Y luego qué?
-Luego...Volver a la vida normal y prepararse para el próximo Iter Magnus.
-Dentro de cuarenta años.
-Si, entonces tendré cincuenta y tres y seré caminante mayor.
-Yo también lo seré. Tendré setenta años, pero me mantendré ágil y fuerte.
-Seremos compañeros.
-Si, seremos compañeros.
Quedaron en silencio. Habían dado la vuelta completa al templo, rodeando la girola. Se acercaron al grupo de la cayena. Habían terminado la lectura de la guía y, aliviados, propusieron dar una vuelta por la plaza Mayor, invitando a Ramón Forteza a acompañarlos.
Era día de mercado. Bajo los soportales de la plaza Mayor las lonas de los tenderetes daban al recinto un acentuado trazo oriental. Los niños y las niñas de la cayena se desparramaron por la plaza, curioseando por los puestos. El caminante observó que todo el mundo los trataba con gran consideración e incluso les ofrecían regalos. Blanca y el caminante se detuvieron ante un puesto de quincallería. La mocita toqueteó varios alcorcíes ante la mirada sonriente del vendedor, y al cabo extrajo de un montón de piezas antiguas dos anillos con piedra de amatista. Se puso uno de ellos en el dedo anular izquierdo, echándose a reir cuando vio como le venía de grande. Luego, tomando la mano izquierda del Caminante, le encajó la otra sortija en el dedo anular.
¿Te gusta?
-Si, me gusta el brillo quedo de la amatista.
-Pues te lo regalo, nos quedamos los dos.
-Pero si no llevas dinero...
Blanca levantó la vista hacia el vendedor, que seguía sonriendo imperturbablemente, tomó de la mano al caminante y lo arrastró fuera de la plaza. El grupo de la cayena se iba recomponiendo para regresar al albergue, pues faltaba poco para el almuerzo. Ramón Forteza iba en medio de la muchachada frotando con los dedos la piedra de amatista, que brillaba quedamente al sol del mediodía. El anillo debió de pertenecer a un obispo muy obeso, pues le venía holgado.
El almuerzo fue sobrio y en secano, pues por la tarde había dos sesiones de estudio, y en las cayenas no se practicaba la siesta más que si se venía de camino. Ramón Forteza se las vio y se las deseó para disimular la sortija, que destacaba escandalosamente en su dedo anular. Al cabo giró la amatista hacia el interior de la mano, y cuando terminó la operación volvió la cabeza hacia Blanca y vio que la muchacha lo estaba mirando fijamente y sin rebozo alguno. Azorado, apartó la vista, pero sólo para topar con la mirada entre curiosa e irónica del Mair. El caminante acabó el almuerzo mirando a su plato.
A primera hora de la tarde Ramón Forteza impartió su lección sobre física cuántica. Los niños mayores solicitaron asistir, pero se constató que el tenor de la exposición rebasaría sus conocimientos, y se les prometió una sesión especial para después de la cena.
Después de la Lectio hubo un descanso de una hora, que los residentes aprovecharon para salir a airearse y tomar un refrigerio en los mesones de la población.
La segunda Lectio estaba dedicada a los mozárabes, y a ella fueron admitidos los niños. La disertación corrió a cargo de un historiador de Toledo, que ilustró su exposición con mapas y diapositivas. Los miembros del Sodalicio estaban muy interesados por la cultura mozárabe, que impregnó buena parte de las regiones que atraviesa el Camino de Santiago. Se complacían en emplear viejas palabras de la fabla mozárabe y conocían la antigua liturgia visigótica, que estuvo en uso en España hasta que fue forzadamente substituida por la liturgia romana.
La cena, en compensación por la densidad de las tareas realizadas, fue cumplida. Hubo huevos escalfados a la palentina, ensalada de cogollos con tropiezos y pastel de castañas, las primeras del año, con nata montada. El vino, blanco de Cacabelos, cuyo había en la bodega de la cayena una candiota mediada de la cosecha del año anterior.
Después de la cena los residentes hicieron sobremesa con café y orujo de alquitara de Portomarín. Ramón Forteza mantuvo su promesa y ofreció al mocerío una charla sobre física moderna. Les dijo que la ciencia no tiene nada que ver con el sentido común. Para el hombre sensato, el sol va de oriente a poniente; para el astrónomo, el único sol que cuenta es el que va de poniente a oriente. Para la física cuántica, la luz es simultáneamente una partícula y una onda. El hombre se asoma a un universo caótico, pero la mente puede discernir en este caos líneas de constancia que fundan el conocimiento científico y la tecnología. La ciencia no es en sí misma ni buena ni mala. La tecnología es buena, pues ayuda a soslayar mucho dolor humano, aunque también puede provocarlo. Y los mandó a acostarse.
El Camino Superior de Santiago
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DECIMOTERCERA ENTREGA
LAMED
12
De Carrión de los Condes a Sahagún
Once horas: nueve de andadura y dos de descanso. La etapa de Carrión a Sahagún era una de las más largas del itinerario. La siguiente, de Sahagún a Mansilla de las Mulas, no le andaba a la zaga. De ahí que los caminantes decidieran concederse un día de respiro en Sahagún, donde el Sodalició tenía una cayena de Instrucción.
A las siete de la mañana, mal espabilados por un café tan voluntarioso como endeble, los caminantes atravesaban el puente sobre el río Carrión, pasaban por delante del monasterio de San Zoilo y enfilaban la antigua carretera nacional 120 en dirección a Calzadilla de la Cueza. En sus balixas aguardaban, cuidadosamente empaquetados, los dulces del convento de Santa Clara. A sus espaldas se levantaba, sin prisas, un sol redondo y rojizo que forjaba de cobre el alfoz bien cultivado. Pasada la casa del Indiano llegaron en un cuarto de hora a la encrucijada de la nueva carretera de circunvalación, de la cual hicieron caso omiso, siguiendo todo derecho por la precaria carretera de Villotilla. Estaban sobre la llamada "Calzada de los Peregrinos". El Camino Real iba por Calzada de los Molinos. La calzada conserva en algunos tramos su estado antiguo, discurre algo elevada sobre el terreno circundante y está empedrada con menudos cantos rodados.
En la Calzada de los Peregrinos dos arroyos propician en el ejido un paisaje de prados y frutales. Cuatro kilómetros más adelante los caminantes llegaron a la explotación agropecuaria que ocupa el predio de la antigua abadía de Benevívere, desamortizada en su día y concienzudamente demolida por este pueblo de intrépidos cristianos. Junto a las bardas de la finca verdea la última arboleda de este tramo del Camino. Los caminantes se sentaron a la sombra de los alisos para refocilarse con la delicada repostería salida de las manos virginales de las monjas de Santa Clara.
La carretera cruza un puente sobre el arroyo Lagunilla de la Vega, que desagua en el río Carrión. Después del puente, la carretera tuerce al norte hacia su destino geográfico, mientras la antigua calzada sigue imperturbable hacia poniente. Comienza uno de los tramos más impresionantes del Camino de Santiago: once kilómetros en línea recta sobre el trazado de la antigua calzada romana, la via Traiana de Burdeos a Astorga. El terreno es llano y desarbolado; aliento de anchura de los campos de cereales y de las barbecheras. La Tierra de Campos palentina se ofrece al caminante como compendio y quintaesencia de esta Castilla en la que, sin saber porque, le gustaría demorarse. Nec tecum possum vivere, nec sine te ["No puedo vivir contigo ni sin ti"], glosó el Caminante mayor.
La calzada atraviesa los arroyos de Pozo Amargo y de Valdeamiento y cruza la carretera de Bustillo del Páramo. Un cuarto de hora después aparece a la izquierda una encina alta y solitaria. Otro arroyo y otra encina, esta vez enorme y copuda. Pero ya el terreno manifiesta veleidad de ondularse, anunciando la feraz vega del río Cueza de Villambroz. A poco se columbra a la derecha la severa torre de una iglesia de cementerio. Cuando el sol, otoñal y templado, se iba colgando del cielo más alto, los caminantes entraron en Calzadilla de la Cueza, agradeciendo la sombra de sus calles desabridas. Por un callejón a la izquierda de la calle Mayor se dirigieron al Hostal Camino Real, reputado por la buena atención que presta a los peregrinos. A pesar de caer a deshora (no eran todavía las doce), les sirvieron una jugosa tortilla de chorizo con ensalada. Bebieron un agua de remota procedencia y se consolaron, a yantar cerrado, con un dedal de aguardiente. No les entretuvo más de media hora el refrigerio. Bien descansados, recuperaron la calle Mayor, que aborda la carretera nacional 120 a la salida del pueblo. Se colocaron sobre la pista que se ha dispuesto como sirga peregrinal paralela a la carretera y se resignaron a recorrer lo que fue calzada real en la vecindad de los vehículos a motor de explosión ("de explosión", subrayó sarcásticamente el Caminante mayor).
El valle de la Cueza es feraz y verdeante: alisos, chopos, robles, vegetación de ribera. Hazas de cultivos variados: maíz, colza, girasol. Cruzaron el río y a poco divisaron a la izquierda un gran edificio con aspecto de granja abandonada. Es todo lo que queda del Hospital de Santa María de las Tiendas, conocido también como abadía del Grand Cavalier. Fue fundado por Bernalt Martínez en el siglo XII, y regido por la orden de Santiago hasta el siglo pasado. El peregrino Laffi dice que "aquí dan a los peregrinos ración de pan, vino y queso, que en este lugar hay en abundancia por los numerosos rebaños".
Dos kilómetros más adelante volvieron a cruzar el río Cueza y en menos de media hora llegaron a Ledigos. Antes de entrar en el pueblo abandonaron sin mesticia la carretera nacional y tomaron la local que lleva a Población de Arroyo. A los cinco minutos la dejaron también para entrar por una pista agrícola que en poco más de media hora, a través de trigales y barbecheros desarbolados, les condujo a Terradillos de Templarios.
Los caballeros del Temple tuvieron aquí una encomienda, de la que no queda más que los topónimos del pueblo y de un arroyo.
Los caminantes pararon un momento en el refugio que rige un holandés filojacobeo para tomar un café con leche dulzarrón y siguieron adelante por la pista que hace las veces de calzada. Anduvieron un trecho por la carretera de Villemar y al cuarto de hora, cruzado el arroyo de Templarios, entraron en Moratinos, es decir, pueblo de los pequeños moros, o sea, de los mudéjares. Aquí a la calle mayor le dicen Calzada Francesa. Media hora más de andadura los puso en San Nicolás del Real Camino, que en el siglo XII tuvo un hospital de leprosos regido por canónigos regulares de San Agustín. Los peregrinos, muy afrancesados por estos pagos, lo llamaron "del Petit Cavalier".
A la salida de San Nicolás, pasado el río Sequillo, la pista pierde su función de suplencia jacobea y se hace descaradamente agrícola; o esto o la sirga junto a la carretera, amonestan las voluntariosas señales. A los dos kilómetros se acaban las ambigüedades y las señales devuelven al caminante a la pista carreteril en el Alto del Carrasco, con una hermosa vista sobre Sahagún, a una hora de marcha.
La antigua calzada discurre por la izquierda de la carretera, pero se pierde al cabo de diez minutos. Se la puede recuperar pasado el puente sobre el río Valderaduey ("Val-de-Aratoi", nombre ibérico), tomando el camino de la ermita de la Virgen de la Puente, que es edificio románico mudéjar, de ladrillo; tuvo hospital de peregrinos. De la ermita a Sahagún queda algo más de un kilómetro a través de la mugre suburbial. Los caminantes, siempre dispuestos a ahorrarse el tráfico de la carretera, optaron por la ruta de la ermita con su insoslayable cochambre. Al atardecer entraban en Sahagún por el barrio de la estación. Atravesadas las vías, tomaron a su derecha la calle que lleva en línea recta a la plaza Mayor, pero antes de llegar a ella se desviaron hacia la iglesia de San Lorenzo. En un callejón adyacente el Sodalicio tenía una de sus principales cayenas de instrucción. Se trataba de una gran casa solariega de tres plantas, con impostas y almohadillados en la esquina, donde sobresalía una solana. Los ventanales eran altos y angostos; los del primer piso tenían medio frontón. El portón se abría en un arimez que trepaba hasta un balcón en el segundo piso. El aparejo era de ladrillo, excepto en los ángulos, que mostraban buena sillería.
La puerta estaba entornada y dejaba escapar un sordo rumor de chiquillería contenida. Entraron y se hallaron en un espacioso zaguán, de uno de cuyos muros pendía un gran tapiz blanco. Debajo del tapiz había un pequeño armónium con teclado de cuatro octavas, una quinta y un tono. Con todo sigilo, para no ser advertidos por los niños, subieron al primer piso. Saludaron a las compañeras y a los compañeros que allí se encontraban y seguidamente, precedidos por la Magistra Domus, se dirigieron a sus habitaciones. Estaban, en términos de la minordoma de Castrojeriz, despernados. Habían caminado treinta y siete kilómetros casi de corrido.
Ramón Forteza se dejó caer sobre la cama sin tan siquiera quitarse las botas. Adormecido, miró a su alrededor. La estancia era amplia y encalada. Embaldosado rojizo con almorrefas encarnadas. Cama de hierro con cobertor de droguete. Sillas de olmo con asiento y respaldar de esparto. Gran mesa de madera de roble con un ligero adobo de barniz. Ventana con alaroces a la antigua y cortina de terciopelo verde. Mirando las vigas del techo y barruntando que Blanca se hallaba en la cayena, Ramón Forteza se quedó dormido como un tronco.
-¡Arriba, mallorquín, que te estamos aguardando para la cena!
El caminante saltó de la cama y corrió a la puerta, que estaba entreabierta. Salió al corredor y se dio de bruces con un niño vestido con una túnica verde claro ceñida a la cintura por una correa negra. El rapaz lo miró con fingida severidad y, cogiéndolo de la mano, lo arrastró hacia la escalera. De esta guisa hicieron su entrada en el refectorio, el caminante medio dormido y el niño muerto de risa tirando de él.
La estancia, espaciosa, ocupaba un ángulo del edificio, correspondiente al saledizo de la solana. Una larguísima mesa sin manteles se extendía delante de los ventanales. Otra mesa redonda con mantel azul claro ocupaba el ángulo opuesto a la puerta. En torno a la mesa principal aguardaban de pie una treintena de compañeras y compañeros del Sodalicio, que acogieron al caminante con afabilidad y buen humor. Mientras bromeaban sobre las ventajas de la siesta vespertina, la puerta del refectorio se abrió y entró Blanca acompañada de un niño y una niña de su edad, vestidos todos con túnicas de color verde claro. Blanca se acomodó sin vacilación en la cabecera de la mesa principal, con un acompañante a cada lado. Una vez se hubo ella sentado se sentaron todos. La mesa pequeña estaba ocupada por los niños, que andaban ya por los postres armando un respetable jolgorio.
Sirvieron de primero coliflor al ajoarriero no muy subido. De principio hubo congrio con patatas. El vino, blanco de Cacabelos. De postre, higos secos de Fraga con avellanas.
Durante la cena Ramón Forteza fue instruido acerca de la cayena de Sahagún. Los caminantes solían demorarse en ella una o dos semanas. Se impartían cursos de historia, de ciencias físicas y de filosofía. Se ensayaba para la Gran Dramaturgia de Villafranca del Bierzo. De Sahagún salían ya todos con su papel definitivo y preparados para los ensayos generales. Sabían que el caminante era físico y que al día siguiente, después del seminario sobre los mozárabes, iba a dar una lección sobre física cuántica.
A la mañana siguiente, después del desayuno, tomado en un café bajo los soportales de la Plaza Mayor, el Mair anunció que tenía negocios que tratar en la cayena, de modo que Ramón Forteza se dispuso a recorrer solo la histórica villa de Sahagún.
El nombre se Sahagún es una contracción de San Facundo. Facundo y Primitivo fueron dos mártires de la última persecución. Monjes mozárabes huidos de Córdoba en el siglo X restauraron en el lugar un antiguo monasterio. En tiempos de Alfonso VI el cenobio fue puesto, como no, en manos de la orden de Cluny. Sahagún se convirtió en la implantación más importante de los cluniacenses en Hispania. Los cluniacenses de Sahagún llegaron a tener un poder económico y político desmesurado. Atrajeron al lugar a multitud de francos que se instalaron en la villa y que entraron en abierta lucha con la población autóctona. Las convulsiones sociales acabaron arruinando el monasterio y la misma villa, que es hoy un pobre trasunto de lo que fue. De la iglesia románica del monasterio de San Facundo no queda nada. Se conservan dos hermosas iglesias de la arquitectura de ladrillo característica del románico mudéjar, San Tirso y San Lorenzo, y el convento de la Peregrina, románico del siglo XIII.
La moderna Sahagún es un importante centro de agricultura extensiva. La ciudad es próspera y se desparrama por la llanura sin gracia alguna. Desaparecieron la mayoría de sus iglesias románicas, pero han sido sustituidas por suntuosos bares y discotecas que dan a la noche sanfacundina un característico sabor roquero.
Ramón Forteza deambulaba despaciosamente por la nave lateral izquierda de San Tirso, intentando resumir en unos pocos conceptos claros y accesibles toda la complejidad de la teoría cuántica. Súbitamente, en las bóvedas del templo, hasta el momento silenciosas, resonaron risas y murmullos infantiles. Asomándose a la nave central, Ramón Forteza vio que por el pasillo avanzaba en formación compacta un grupo de niñas y niños del Sodalicio, impecablemente vestidos con camisa y pantalón de lino azul claro. Uno de los mozos llevaba un libro en la mano y, subido a las gradas del presbiterio, comenzó a leer una descripción del monumento. En medio del corro destacaba la mata de pelo negro de Blanca. Ramón Forteza permaneció inmóvil contemplándola, hasta que se dio cuenta que los ojos de ella estaban fijos en los suyos. Azorado, amagó resguardarse tras una columna, pero se contuvo cuando vio que Blanca se desgajaba del grupo y avanzaba decidida hacia la nave lateral. Cuando estuvo frente a él esbozó una sonrisa y dijo sencillamente:
-Hola, mallorquín.
Ramón Forteza hizo acopio de fuerzas para responder con naturalidad:
-Buenos días, Blanca. -Pero la última "a" le salió algo quebrada. La jovencita lo escudriñó en silenció y al cabo exclamó:
-No soy una vestal y no muerdo.
El caminante, confuso, inició una respuesta, pero ella lo interrumpió:
-¿Piensas que está prohibido hablar conmigo?
-Pues...
-Pues no. Ven, hablemos.
Y, cogiéndolo del brazo, lo condujo sosegadamente hacia la penumbra de la nave lateral. En medio de la nave central el grupo infantil porfiaba en su visita guiada sin inquietarse por el mutis de Blanca.
El caminante, ya completamente serenado por la afable naturalidad de la muchacha, inició un interrogatorio largamente meditado.
-¿No te abruma ser un símbolo viviente?
-No es nada abrumador. Mi carácter simbólico es puramente ritual. Sólo soy un símbolo durante las celebraciones. En todo lo demás soy como las demás niñas.
-Pero los Caminantes te tratan con particulares manifestaciones de respeto.
-Esto forma parte del ritual. Luego, si les da por suspenderme una asignatura me la suspenden sin pestañear y sin ponerse de pie.
-¿Qué estudias?
-Primero de educación secundaria. Y otras muchas cosas. Nos aprietan sin piedad.
-¿Qué otras cosas?
-Música, historia, latín... Y matemáticas hasta en la sopa.
-¿Te gustan las matemáticas?
-Me gustan, pero me cuestan.
-¿Quien te las enseña?
-Una caminante mayor de Cambridge.
-¿Qué te gustaría estudiar después?
-Farmacia.
¿Por qué?
-Me ilusionaría descubrir un nuevo medicamento para aliviar el dolor humano.
-¿No te sientes sola?
-No, no...Soy muy feliz con mis amigas y mis amigos del Sodalicio.
-¿No echas de menos a tu familia?
-No. Sé que cuando termine esto volveré junto a ellos.
-¿Cuántos niños sois en el Sodalicio?
-Cien.
-¿De dónde sois?
-La mayoría son hijos de caminantes de más allá de los Pirineos. Algunos somos de pueblos y ciudades del Camino.
-¿Cuál es vuestra tarea?
-Participamos como actores y como cantores en la Gran Dramaturgia de Villafranca del Bierzo y en la Gran Blasfemia de Santiago.
-¿Y luego qué?
-Luego...Volver a la vida normal y prepararse para el próximo Iter Magnus.
-Dentro de cuarenta años.
-Si, entonces tendré cincuenta y tres y seré caminante mayor.
-Yo también lo seré. Tendré setenta años, pero me mantendré ágil y fuerte.
-Seremos compañeros.
-Si, seremos compañeros.
Quedaron en silencio. Habían dado la vuelta completa al templo, rodeando la girola. Se acercaron al grupo de la cayena. Habían terminado la lectura de la guía y, aliviados, propusieron dar una vuelta por la plaza Mayor, invitando a Ramón Forteza a acompañarlos.
Era día de mercado. Bajo los soportales de la plaza Mayor las lonas de los tenderetes daban al recinto un acentuado trazo oriental. Los niños y las niñas de la cayena se desparramaron por la plaza, curioseando por los puestos. El caminante observó que todo el mundo los trataba con gran consideración e incluso les ofrecían regalos. Blanca y el caminante se detuvieron ante un puesto de quincallería. La mocita toqueteó varios alcorcíes ante la mirada sonriente del vendedor, y al cabo extrajo de un montón de piezas antiguas dos anillos con piedra de amatista. Se puso uno de ellos en el dedo anular izquierdo, echándose a reir cuando vio como le venía de grande. Luego, tomando la mano izquierda del Caminante, le encajó la otra sortija en el dedo anular.
¿Te gusta?
-Si, me gusta el brillo quedo de la amatista.
-Pues te lo regalo, nos quedamos los dos.
-Pero si no llevas dinero...
Blanca levantó la vista hacia el vendedor, que seguía sonriendo imperturbablemente, tomó de la mano al caminante y lo arrastró fuera de la plaza. El grupo de la cayena se iba recomponiendo para regresar al albergue, pues faltaba poco para el almuerzo. Ramón Forteza iba en medio de la muchachada frotando con los dedos la piedra de amatista, que brillaba quedamente al sol del mediodía. El anillo debió de pertenecer a un obispo muy obeso, pues le venía holgado.
El almuerzo fue sobrio y en secano, pues por la tarde había dos sesiones de estudio, y en las cayenas no se practicaba la siesta más que si se venía de camino. Ramón Forteza se las vio y se las deseó para disimular la sortija, que destacaba escandalosamente en su dedo anular. Al cabo giró la amatista hacia el interior de la mano, y cuando terminó la operación volvió la cabeza hacia Blanca y vio que la muchacha lo estaba mirando fijamente y sin rebozo alguno. Azorado, apartó la vista, pero sólo para topar con la mirada entre curiosa e irónica del Mair. El caminante acabó el almuerzo mirando a su plato.
A primera hora de la tarde Ramón Forteza impartió su lección sobre física cuántica. Los niños mayores solicitaron asistir, pero se constató que el tenor de la exposición rebasaría sus conocimientos, y se les prometió una sesión especial para después de la cena.
Después de la Lectio hubo un descanso de una hora, que los residentes aprovecharon para salir a airearse y tomar un refrigerio en los mesones de la población.
La segunda Lectio estaba dedicada a los mozárabes, y a ella fueron admitidos los niños. La disertación corrió a cargo de un historiador de Toledo, que ilustró su exposición con mapas y diapositivas. Los miembros del Sodalicio estaban muy interesados por la cultura mozárabe, que impregnó buena parte de las regiones que atraviesa el Camino de Santiago. Se complacían en emplear viejas palabras de la fabla mozárabe y conocían la antigua liturgia visigótica, que estuvo en uso en España hasta que fue forzadamente substituida por la liturgia romana.
La cena, en compensación por la densidad de las tareas realizadas, fue cumplida. Hubo huevos escalfados a la palentina, ensalada de cogollos con tropiezos y pastel de castañas, las primeras del año, con nata montada. El vino, blanco de Cacabelos, cuyo había en la bodega de la cayena una candiota mediada de la cosecha del año anterior.
Después de la cena los residentes hicieron sobremesa con café y orujo de alquitara de Portomarín. Ramón Forteza mantuvo su promesa y ofreció al mocerío una charla sobre física moderna. Les dijo que la ciencia no tiene nada que ver con el sentido común. Para el hombre sensato, el sol va de oriente a poniente; para el astrónomo, el único sol que cuenta es el que va de poniente a oriente. Para la física cuántica, la luz es simultáneamente una partícula y una onda. El hombre se asoma a un universo caótico, pero la mente puede discernir en este caos líneas de constancia que fundan el conocimiento científico y la tecnología. La ciencia no es en sí misma ni buena ni mala. La tecnología es buena, pues ayuda a soslayar mucho dolor humano, aunque también puede provocarlo. Y los mandó a acostarse.
domingo, 21 de enero de 2007
LA AMATISTA
LA AMATISTA
El Camino Superior de Santiago
novela por entregas
aparecerá en este blog un capítulo cada semana
Inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Barcelona, 2005.
DUODÉCIMA ENTREGA
KAF
11
De Frómista a Carrión de los Condes
Itinerario harto tedioso, aunque también de los más breves del Camino. La monotonía de la ruta puede atemperarse, sin embargo, con una parada gastronómica en el mesón de Villalcázar de Sirga.
La Tierra de Campos, dice uno de sus cronistas, es una extensa planicie desarbolada, de suaves y ligeras ondulaciones, dedicada en su casi totalidad al cultivo de cereales. Toda ella, sigue diciendo, es uniforme: la constitución geológica, la disposición del suelo, el cultivo a que milenariamente viene sometiéndosela, el aspecto general de los campos, la aspereza y rigidez del ambiente, la descompuesta y extremada climatología, la ausencia casi sistemática de arbolado, la magrura de los ríos y arroyos, en cursos superficiales y ondulantes, la escasez de fuentes, la deslumbrante luminosidad del paisaje. Campos Góticos fueron denominados, extendidos entre Palencia, Zamora y Valladolid. El Camino de Santiago los atraviesa desde el Pisuerga al Cea.
El páramo castellano exige del observador un juicio ecuánime. Su belleza es de profundidad y de enjundia. No se entrega al visitante presuroso que descabalga un momento para lanzar al horizonte una mirada distraída. El goce sereno de la llanada sin fin requiere ser vivido desde un camino solitario, lejos de la barahunda del tráfico rodado. Ahora bien, el asfalto es cabalmente la servitud de buena parte de la etapa santiaguesa de Frómista a Carrión por el corazón de los Campos Góticos..
Remolones, después de un desayuno redrojo, los caminantes salieron de Frómista y enfilaron la carretera de Carrión, que discurre por la bien cultivada vega del río Ucieza. Un sol templado alternaba con prietas nubecillas colgadas de un cielo alto y otoñal. El asfalto, si no estético, es por lo menos agradecido de andar, de modo que en poco más de media hora se plantaron en Población de Campos, visitando de paso la ermita de San Miguel, rodeada de verdor. Dejando la carretera, atravesaron el pueblo cuidando de pasar por la plaza del Corro para saludar la ermita del Socorro, que tiene una talla de la Virgen del siglo XII. Dejando a la derecha la iglesia de la Magdalena, ancha y barroca, salieron del pueblo por una pista que discurre por la orilla del río Ucieza. Una hora más tarde rebanaron una esquina de Villovieco, atravesaron un puente y, renunciando a pasar por las calles hidalgas de Revenga de Campos, se adentraron por un ameno paseo de chopos entre el río y la carretera. Poco les duró el gusto, pues al cuarto de hora la alameda les condujo derechitos a la carretera general en el interior de Villarmentera de Campos, justo delante de la iglesia, dedicada, Camino Francés obliga, a San Martín de Tours. Tiene artesonado mudéjar y torre con campana salvatierra. A la salida del pueblo se despidieron con pesar de la arboleda, en la ocurrencia un pinar, los últimos árboles de la ruta hasta el circundo de Carrión.
A la media hora, frescos y sosegados, se desviaron de la carretera para entrar en Villalcázar de Sirga, a la querencia de arqueología y cocina. Convinieron mesa y yantar en el mesón Villasirga, hito de muchas peregrinaciones gastronómicas, y salieron a buscar la iglesia de Santa María la Blanca.
Hasta el siglo XVI, la población se llamó Santa María de Villasirga, esto es, Villa de la Calzada. Fue encomienda templaria. El templo de Santa María la Blanca, holgado como una catedral, fue edificado a mediados del siglo XII y utilizó ya prematuramente los recursos del arco ojival. La imagen de Santa María la Blanca, que se conserva todavía con su infante descabezado, fue muy milagrera. Alfonso X el Sabio la recuerda en sus Cántigas. En el año 1308, varios caballeros templarios de esta encomienda fueron juzgados en Salamanca por instigación del papado, pero no fueron condenados; hasta Villasirga no llegó la larga mano de Felipe IV de Francia. Don Rodrigo de Veláez, caballero templario, está muy bien enterrado en la capilla de Santiago. Don Rodrigo peregrinaba a Compostela y enfermó de muerte en Villalcázar.
El antiguo hospital de peregrinos ha sido restaurado y es de muy buen ver. Sustituyó al hospital de la villa de Arconada, más al norte, por la que hasta el siglo XII transitaba la calzada santiaguesa, cuyos residuos se muestran en el lugar.
En el mesón los caminantes hallaron la mesa ya dispuesta y el vino servido. El mesonero insistió en ofrecerles la sopa de ajo tradicional, a lo que no se hicieron ellos de rogar. Pasaron luego al plato de encargo, que era lechazo asado a la manera de la casa, que entra sólo lechazos churros, en horno de leña y cerámica de Pereruela. El vino, clarete de Tierra de Campos. De postre quisieron sólo peras del alfoz de Carrión.
Mientras almorzaban repararon en un curioso sujeto que, acodado a una mesa en un rincón del amplio comedor, tecleaba en un ordenador portátil ante la atenta mirada de un grupo de comensales. El individuo vestía un levitón de color verde oscuro, con corbata de lazo, y se tocaba con un chapeo de fieltro negro. Los caminantes, por mediación del mesonero, invitaron a su mesa al insólito escriba y se mostraron interesados en saber de su arte.
Don Nicolás del Barrio y Expósito era astrólogo musical. Su arte procedía de acuerdo con un método que él mismo había excogitado inspirándose, según decía, en la afirmación de Pitágoras de Samos según la cual los astros, en su recorrido por sus órbitas, producen un sonido musical. Cada ser humano, pues, en el momento de su nacimiento, percibe, sin registrarla en su conciencia, una armonía singular. Descifrarla e interpretarla era el objeto del arte de la astrología musical. El procedimiento se desenvolvía en diversos pasos. En primer lugar, el astrólogo recababa de su cliente los datos precisos de año, día, hora y lugar de nacimiento. A continuación introducía estos datos en su ordenador y éste, por medio de un programa especial, proyectaba sobre un rectángulo la carta astral de la persona concernida. Seguidamente sobreimponía un pentagrama a esta específica carta del cielo, arrancando del lugar del planeta o de la constelación ascendentes y regresando al mismo lugar. El signo del zodíaco propio de la persona indicaba la armadura tonal, según unas tablas que el astrólogo aseguraba haber extraído del "De occulta philosophia" de Agrippa y del "Harmonice mundi" de Kepler. Los planetas representaban blancas, las estrellas de primera magnitud negras, las de segunda magnitud corcheas. El compás era asignado por el astrólogo de acuerdo con las necesidades de la interpretación. Al final, la impresora arrojaba una hoja de papel pautado con la partitura de una melodía en cinco pentagramas, que representaban los dos trópicos, los dos subtrópicos y el ecuador. El astrólogo musical, entonces, interpretaba la melodía en un órgano portátil de cuatro octavas. Primero tecleaba la nuda línea melódica, después la interpretaba con un discreto acompañamiento de tipo coral. Esta pieza era grabada en un casete y entregada al cliente.
Don Nicolás del Barrio y Expósito llevaba varios años ejerciendo su arte en el Camino de Santiago. Mostró tener un discreto conocimiento del Sodalicio y de su gente. Trató con gran deferencia al Caminante mayor, ofreciéndose a dilucidar su música astral. Declinó éste la oferta y la traspasó a su acompañante, que se prestó al experimento sin mayores reparos.
Asombrados y divertidos por tan insólita muestra de ingenio, desfachatez y arte, los caminantes se despidieron del astrólogo musical y se pusieron en ruta para recorrer de un tirón los cinco kilómetros largos que les separaban de Carrión de los Condes. La ruta santiaguesa coincide con la carretera, que es un trazo rectilíneo llano y sin árboles.
La ciudad de Carrión de los Condes se asienta en una suave ladera sobre el río Carrión, y debe su nombre a los dos famosos condes, que residían en el recinto cada cual tras su propia muralla. Antes de los condes se llamó Santa María de Carrión. El Codex Calixtinus dice que era villa abilis et obtima, pane et vino et carne et omni fertilitate felix. De su antigua grandeza monumental conserva el templo románico de Santa María del Camino, con una enérgica portada, otra portada románica, la de la iglesia de Santiago, y el monasterio de San Zoilo, con un espléndido claustro renacentista.
Los caminantes, justo después de entrar en la villa, se detuvieron en el convento de Santa Clara para comprar una provisión de pastelillos que reforzaran el desayuno del día siguiente. En el zaguán del convento, fresco y limpio, tiraron de la campanilla y aguardaron junto al torno. Desde el otro lado del muro una voz femenina bien timbrada saludó:
-Ave María Purísima.
-Sin pecado concebida. ¿Podríamos comprar algunos dulces? Vamos por el Camino y mañana nos espera un lago trecho hasta Sahagún.
-¿Cuántas piezas desean?
- Cinco para cada uno.
-¿Almendrados, de yema, de mazapán o de chocolate?
-Un surtido, a discreción de la reverenda madre, sin ánimo de azacanear.
Al cabo de diez minutos el torno giró y los caminantes recogieron del estante inferior dos paquetitos perfectamente atados. Inquirieron el importe, pagaron y salieron de nuevo a la calle. Pasaron por delante de Santa María del Camino, doblaron por la primera calle a la izquierda, atravesaron una plazoleta y se sumergieron en la penumbra del callejón adyacente al hospital del Espíritu Santo. En el fondo de la calle se detuvieron ante una sencilla casa de tres pisos con saledizos de madera. Llamaron a la puerta y al poco les franqueó el paso una mujer joven de pelo rizado recogido con una cinta azul y vestida con una túnica de estameña gris. Cuando vio al Mair tuvo un sobresalto y al punto se arrojó a sus brazos con gritos de alegría. El Mair la abrazó afectuosamente y luego se volvió para presentar a su acompañante, plantado en la calle sin atinar como arreglaría su saludo. La joven tenía en este punto las ideas claras y le estampó un sonoro beso en la mejilla. Arropados por este caluroso recibimiento, los caminantes entraron en el albergue del Sodalicio y fueron conducidos a sus celdas en el segundo piso. Puesto que no precisaban descanso, por haber cubierto una etapa relajada, se arreglaron someramente y salieron a callejear por la villa. Después de una detenida inspección de las portadas de Santa María y de Santiago, el paseo los condujo hasta el monasterio de San Zoilo, pasado el puente sobre el río Carrión. Fue en el siglo XI cenobio benedictino y acogió las reliquias de un mártir muy venerado en la Hispania mozárabe, san Zoilo. El claustro, obra en parte de Juan de Badajoz (1537), es de un estilo plateresco sobrio y grandioso. Media docena de vueltas a este claustro es uno de los mejores paseos que ofrece la villa de Carrión. Nuestros caminantes no se privaron de este gusto, tras lo cual abandonaron el recinto y, después de asomarse a la verja del frondoso jardín llamado "Calzada de Doña Teresa", remontaron la cuesta que lleva a la ciudad vieja, en cuya plaza Mayor se concedieron un vaso de vino blanco para llevar la espera de la cena.
Mientras paladeaban el áspero vino cubierto, el caminante mayor confió a su compañero la historia de la joven mujer que les había recibido en el albergue, la cual era, por más señas, la Magistra Domus.
-Participé en el Iter Magnus hace cuarenta años, cuando me faltaba poco para los treinta. Mi Caminante mayor era un médico italiano, asesor del Consejo del Intersticio, el cual había concurrido, por tanto, al Iter Magnus anterior, hace ahora ochenta años. Mi compañero en la iniciación era un estudiante de medicina toscano de mi misma edad. Trabamos una profunda amistad y juntos participamos en la Gran Blasfemia en Santiago. Luego, como es usual, no volví a verlo. Murió hace diez años. Tenía una hija, a la que había introducido en los derroteros del Camino Superior de Santiago. Llegado el momento de la Praeparatio del Iter, cinco años antes del año señalado, la joven removió los entresijos del Sodalicio para dar con el compañero de su padre. Nos encontramos en Lucca, y durante dos años asumí su preparación para el Camino. No sé si observaste que las cartas que te escribía tenían el matasellos de Lucca. Luego la propuse para dirigir alguna de las residencias del Sodalicio. No la había vuelto a ver en los últimos tres años. Para mí ha sido como volver a encontrar a mi mediquillo toscano. Fue precisamente aquí, en Carrión de los Condes, paseando por el claustro de San Zoilo, donde me confió su intención de dedicarse a la investigación en pediatría para contribuir a paliar el sufrimiento de los niños del mundo. Lloraba cuando me lo dijo.
-Usted también llora cuando ve sufrir a un niño, maestro.
-Sí.
Y el caminante mayor apuró de un largo trago su segundo vaso de vino blanco.
A las ocho de la tarde, ya anochecido, los miembros del Sodalicio presentes en Carrión se sentaron en torno a una gran mesa ovalada en el refectorio del albergue. En un ángulo de la estancia había un pequeño armónium con teclado de cuatro octavas, una quinta y un tono. La Magistra Domus estaba radiante. Vestía ahora la túnica verde claro usual del Sodalicio, y se había soltado el pelo, que flotaba sobre sus hombros. La cena fue sobria: potaje, verduras y queso. No hubo vino, pero el ama anunció que para la sobremesa se sacaría aguardiente del país.
Se hospedaban en el casal varios músicos del Sodalicio que ponían a punto diversas piezas destinadas a la Gran Dramaturgia de Villafranca del Bierzo. La conversación giró con toda naturalidad hacia los temas musicales. A las once, la Magistra Domus, en atención a los caminantes que al día siguiente tenían que cubrir la larga etapa hasta Sahagún, levantó la tenida y decretó el silencio en la casa.
El Camino Superior de Santiago
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Inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Barcelona, 2005.
DUODÉCIMA ENTREGA
KAF
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De Frómista a Carrión de los Condes
Itinerario harto tedioso, aunque también de los más breves del Camino. La monotonía de la ruta puede atemperarse, sin embargo, con una parada gastronómica en el mesón de Villalcázar de Sirga.
La Tierra de Campos, dice uno de sus cronistas, es una extensa planicie desarbolada, de suaves y ligeras ondulaciones, dedicada en su casi totalidad al cultivo de cereales. Toda ella, sigue diciendo, es uniforme: la constitución geológica, la disposición del suelo, el cultivo a que milenariamente viene sometiéndosela, el aspecto general de los campos, la aspereza y rigidez del ambiente, la descompuesta y extremada climatología, la ausencia casi sistemática de arbolado, la magrura de los ríos y arroyos, en cursos superficiales y ondulantes, la escasez de fuentes, la deslumbrante luminosidad del paisaje. Campos Góticos fueron denominados, extendidos entre Palencia, Zamora y Valladolid. El Camino de Santiago los atraviesa desde el Pisuerga al Cea.
El páramo castellano exige del observador un juicio ecuánime. Su belleza es de profundidad y de enjundia. No se entrega al visitante presuroso que descabalga un momento para lanzar al horizonte una mirada distraída. El goce sereno de la llanada sin fin requiere ser vivido desde un camino solitario, lejos de la barahunda del tráfico rodado. Ahora bien, el asfalto es cabalmente la servitud de buena parte de la etapa santiaguesa de Frómista a Carrión por el corazón de los Campos Góticos..
Remolones, después de un desayuno redrojo, los caminantes salieron de Frómista y enfilaron la carretera de Carrión, que discurre por la bien cultivada vega del río Ucieza. Un sol templado alternaba con prietas nubecillas colgadas de un cielo alto y otoñal. El asfalto, si no estético, es por lo menos agradecido de andar, de modo que en poco más de media hora se plantaron en Población de Campos, visitando de paso la ermita de San Miguel, rodeada de verdor. Dejando la carretera, atravesaron el pueblo cuidando de pasar por la plaza del Corro para saludar la ermita del Socorro, que tiene una talla de la Virgen del siglo XII. Dejando a la derecha la iglesia de la Magdalena, ancha y barroca, salieron del pueblo por una pista que discurre por la orilla del río Ucieza. Una hora más tarde rebanaron una esquina de Villovieco, atravesaron un puente y, renunciando a pasar por las calles hidalgas de Revenga de Campos, se adentraron por un ameno paseo de chopos entre el río y la carretera. Poco les duró el gusto, pues al cuarto de hora la alameda les condujo derechitos a la carretera general en el interior de Villarmentera de Campos, justo delante de la iglesia, dedicada, Camino Francés obliga, a San Martín de Tours. Tiene artesonado mudéjar y torre con campana salvatierra. A la salida del pueblo se despidieron con pesar de la arboleda, en la ocurrencia un pinar, los últimos árboles de la ruta hasta el circundo de Carrión.
A la media hora, frescos y sosegados, se desviaron de la carretera para entrar en Villalcázar de Sirga, a la querencia de arqueología y cocina. Convinieron mesa y yantar en el mesón Villasirga, hito de muchas peregrinaciones gastronómicas, y salieron a buscar la iglesia de Santa María la Blanca.
Hasta el siglo XVI, la población se llamó Santa María de Villasirga, esto es, Villa de la Calzada. Fue encomienda templaria. El templo de Santa María la Blanca, holgado como una catedral, fue edificado a mediados del siglo XII y utilizó ya prematuramente los recursos del arco ojival. La imagen de Santa María la Blanca, que se conserva todavía con su infante descabezado, fue muy milagrera. Alfonso X el Sabio la recuerda en sus Cántigas. En el año 1308, varios caballeros templarios de esta encomienda fueron juzgados en Salamanca por instigación del papado, pero no fueron condenados; hasta Villasirga no llegó la larga mano de Felipe IV de Francia. Don Rodrigo de Veláez, caballero templario, está muy bien enterrado en la capilla de Santiago. Don Rodrigo peregrinaba a Compostela y enfermó de muerte en Villalcázar.
El antiguo hospital de peregrinos ha sido restaurado y es de muy buen ver. Sustituyó al hospital de la villa de Arconada, más al norte, por la que hasta el siglo XII transitaba la calzada santiaguesa, cuyos residuos se muestran en el lugar.
En el mesón los caminantes hallaron la mesa ya dispuesta y el vino servido. El mesonero insistió en ofrecerles la sopa de ajo tradicional, a lo que no se hicieron ellos de rogar. Pasaron luego al plato de encargo, que era lechazo asado a la manera de la casa, que entra sólo lechazos churros, en horno de leña y cerámica de Pereruela. El vino, clarete de Tierra de Campos. De postre quisieron sólo peras del alfoz de Carrión.
Mientras almorzaban repararon en un curioso sujeto que, acodado a una mesa en un rincón del amplio comedor, tecleaba en un ordenador portátil ante la atenta mirada de un grupo de comensales. El individuo vestía un levitón de color verde oscuro, con corbata de lazo, y se tocaba con un chapeo de fieltro negro. Los caminantes, por mediación del mesonero, invitaron a su mesa al insólito escriba y se mostraron interesados en saber de su arte.
Don Nicolás del Barrio y Expósito era astrólogo musical. Su arte procedía de acuerdo con un método que él mismo había excogitado inspirándose, según decía, en la afirmación de Pitágoras de Samos según la cual los astros, en su recorrido por sus órbitas, producen un sonido musical. Cada ser humano, pues, en el momento de su nacimiento, percibe, sin registrarla en su conciencia, una armonía singular. Descifrarla e interpretarla era el objeto del arte de la astrología musical. El procedimiento se desenvolvía en diversos pasos. En primer lugar, el astrólogo recababa de su cliente los datos precisos de año, día, hora y lugar de nacimiento. A continuación introducía estos datos en su ordenador y éste, por medio de un programa especial, proyectaba sobre un rectángulo la carta astral de la persona concernida. Seguidamente sobreimponía un pentagrama a esta específica carta del cielo, arrancando del lugar del planeta o de la constelación ascendentes y regresando al mismo lugar. El signo del zodíaco propio de la persona indicaba la armadura tonal, según unas tablas que el astrólogo aseguraba haber extraído del "De occulta philosophia" de Agrippa y del "Harmonice mundi" de Kepler. Los planetas representaban blancas, las estrellas de primera magnitud negras, las de segunda magnitud corcheas. El compás era asignado por el astrólogo de acuerdo con las necesidades de la interpretación. Al final, la impresora arrojaba una hoja de papel pautado con la partitura de una melodía en cinco pentagramas, que representaban los dos trópicos, los dos subtrópicos y el ecuador. El astrólogo musical, entonces, interpretaba la melodía en un órgano portátil de cuatro octavas. Primero tecleaba la nuda línea melódica, después la interpretaba con un discreto acompañamiento de tipo coral. Esta pieza era grabada en un casete y entregada al cliente.
Don Nicolás del Barrio y Expósito llevaba varios años ejerciendo su arte en el Camino de Santiago. Mostró tener un discreto conocimiento del Sodalicio y de su gente. Trató con gran deferencia al Caminante mayor, ofreciéndose a dilucidar su música astral. Declinó éste la oferta y la traspasó a su acompañante, que se prestó al experimento sin mayores reparos.
Asombrados y divertidos por tan insólita muestra de ingenio, desfachatez y arte, los caminantes se despidieron del astrólogo musical y se pusieron en ruta para recorrer de un tirón los cinco kilómetros largos que les separaban de Carrión de los Condes. La ruta santiaguesa coincide con la carretera, que es un trazo rectilíneo llano y sin árboles.
La ciudad de Carrión de los Condes se asienta en una suave ladera sobre el río Carrión, y debe su nombre a los dos famosos condes, que residían en el recinto cada cual tras su propia muralla. Antes de los condes se llamó Santa María de Carrión. El Codex Calixtinus dice que era villa abilis et obtima, pane et vino et carne et omni fertilitate felix. De su antigua grandeza monumental conserva el templo románico de Santa María del Camino, con una enérgica portada, otra portada románica, la de la iglesia de Santiago, y el monasterio de San Zoilo, con un espléndido claustro renacentista.
Los caminantes, justo después de entrar en la villa, se detuvieron en el convento de Santa Clara para comprar una provisión de pastelillos que reforzaran el desayuno del día siguiente. En el zaguán del convento, fresco y limpio, tiraron de la campanilla y aguardaron junto al torno. Desde el otro lado del muro una voz femenina bien timbrada saludó:
-Ave María Purísima.
-Sin pecado concebida. ¿Podríamos comprar algunos dulces? Vamos por el Camino y mañana nos espera un lago trecho hasta Sahagún.
-¿Cuántas piezas desean?
- Cinco para cada uno.
-¿Almendrados, de yema, de mazapán o de chocolate?
-Un surtido, a discreción de la reverenda madre, sin ánimo de azacanear.
Al cabo de diez minutos el torno giró y los caminantes recogieron del estante inferior dos paquetitos perfectamente atados. Inquirieron el importe, pagaron y salieron de nuevo a la calle. Pasaron por delante de Santa María del Camino, doblaron por la primera calle a la izquierda, atravesaron una plazoleta y se sumergieron en la penumbra del callejón adyacente al hospital del Espíritu Santo. En el fondo de la calle se detuvieron ante una sencilla casa de tres pisos con saledizos de madera. Llamaron a la puerta y al poco les franqueó el paso una mujer joven de pelo rizado recogido con una cinta azul y vestida con una túnica de estameña gris. Cuando vio al Mair tuvo un sobresalto y al punto se arrojó a sus brazos con gritos de alegría. El Mair la abrazó afectuosamente y luego se volvió para presentar a su acompañante, plantado en la calle sin atinar como arreglaría su saludo. La joven tenía en este punto las ideas claras y le estampó un sonoro beso en la mejilla. Arropados por este caluroso recibimiento, los caminantes entraron en el albergue del Sodalicio y fueron conducidos a sus celdas en el segundo piso. Puesto que no precisaban descanso, por haber cubierto una etapa relajada, se arreglaron someramente y salieron a callejear por la villa. Después de una detenida inspección de las portadas de Santa María y de Santiago, el paseo los condujo hasta el monasterio de San Zoilo, pasado el puente sobre el río Carrión. Fue en el siglo XI cenobio benedictino y acogió las reliquias de un mártir muy venerado en la Hispania mozárabe, san Zoilo. El claustro, obra en parte de Juan de Badajoz (1537), es de un estilo plateresco sobrio y grandioso. Media docena de vueltas a este claustro es uno de los mejores paseos que ofrece la villa de Carrión. Nuestros caminantes no se privaron de este gusto, tras lo cual abandonaron el recinto y, después de asomarse a la verja del frondoso jardín llamado "Calzada de Doña Teresa", remontaron la cuesta que lleva a la ciudad vieja, en cuya plaza Mayor se concedieron un vaso de vino blanco para llevar la espera de la cena.
Mientras paladeaban el áspero vino cubierto, el caminante mayor confió a su compañero la historia de la joven mujer que les había recibido en el albergue, la cual era, por más señas, la Magistra Domus.
-Participé en el Iter Magnus hace cuarenta años, cuando me faltaba poco para los treinta. Mi Caminante mayor era un médico italiano, asesor del Consejo del Intersticio, el cual había concurrido, por tanto, al Iter Magnus anterior, hace ahora ochenta años. Mi compañero en la iniciación era un estudiante de medicina toscano de mi misma edad. Trabamos una profunda amistad y juntos participamos en la Gran Blasfemia en Santiago. Luego, como es usual, no volví a verlo. Murió hace diez años. Tenía una hija, a la que había introducido en los derroteros del Camino Superior de Santiago. Llegado el momento de la Praeparatio del Iter, cinco años antes del año señalado, la joven removió los entresijos del Sodalicio para dar con el compañero de su padre. Nos encontramos en Lucca, y durante dos años asumí su preparación para el Camino. No sé si observaste que las cartas que te escribía tenían el matasellos de Lucca. Luego la propuse para dirigir alguna de las residencias del Sodalicio. No la había vuelto a ver en los últimos tres años. Para mí ha sido como volver a encontrar a mi mediquillo toscano. Fue precisamente aquí, en Carrión de los Condes, paseando por el claustro de San Zoilo, donde me confió su intención de dedicarse a la investigación en pediatría para contribuir a paliar el sufrimiento de los niños del mundo. Lloraba cuando me lo dijo.
-Usted también llora cuando ve sufrir a un niño, maestro.
-Sí.
Y el caminante mayor apuró de un largo trago su segundo vaso de vino blanco.
A las ocho de la tarde, ya anochecido, los miembros del Sodalicio presentes en Carrión se sentaron en torno a una gran mesa ovalada en el refectorio del albergue. En un ángulo de la estancia había un pequeño armónium con teclado de cuatro octavas, una quinta y un tono. La Magistra Domus estaba radiante. Vestía ahora la túnica verde claro usual del Sodalicio, y se había soltado el pelo, que flotaba sobre sus hombros. La cena fue sobria: potaje, verduras y queso. No hubo vino, pero el ama anunció que para la sobremesa se sacaría aguardiente del país.
Se hospedaban en el casal varios músicos del Sodalicio que ponían a punto diversas piezas destinadas a la Gran Dramaturgia de Villafranca del Bierzo. La conversación giró con toda naturalidad hacia los temas musicales. A las once, la Magistra Domus, en atención a los caminantes que al día siguiente tenían que cubrir la larga etapa hasta Sahagún, levantó la tenida y decretó el silencio en la casa.
sábado, 13 de enero de 2007
LA AMATISTA
LA AMATISTA
El Camino Superior de Santiago
novela por entregas
aparecerá en este blog un capítulo cada semana
Inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Barcelona, 2005.
UNDÉCIMA ENTREGA
YODH
10
De Castrojeriz a Frómista
Grandes nubarrones surcaban el cielo a la amanecida, grises y bajos, tanto que parecían lamer los ruinosos torreones del castillo de Castrojeriz. Daban las siete en el campanario de la iglesia de Santo Domingo cuando los dos caminantes cerraron tras sí la puerta de la cayena. La calle estaba desierta y en silencio. La villa, dos veces dormida. Bordeando el azor de la iglesia de San Juan, descendieron por una callejuela que entre cobertizos y bardas de corrales va a salir a la carretera. Tomaron la dirección de Melgar de Fernamental, dejando a la izquierda la ruta de Astudillo. A los cinco minutos se desviaron a la izquierda por una pista remozada a la antigua, que un kilómetro más adelante atraviesa el río Odrillo. Comienza la cuesta hacia el desolado cerro de Mostelares, a 910 metros de altitud. Los caminantes volvieron a sumergirse en la agreste soledad del páramo, que de Tardajos a Astorga envuelve a caminante en un poema geológico de desasimiento. La pista, cada vez más áspera y pedregosa, dobla un poco hacia el sur para ascender oblicuamente por la ladera de la montaña. Los cronistas antiguos, gentes originarias de paises llanos, suelen exagerar lo arduo de las cuestas del Camino, antojándoseles el Cebreiro poco menos que la escala de Jacob. Nuestros caminantes, avezados a las fragosidades de sus montañas nativas, no hallaron en la cuesta de Mostelares apuro digno de mención, ayudados, todo hay que decirlo, por el frescor de un amanecer que remoloneaba a caballo de unas nubes cada vez más cerradas.
Arriba, en la cima de Mostelares, un vértice geodésico marca el final de la pista, para desilusión de los peregrinos. El camino viejo se pierde. Los celadores del itinerario han cuajado el agostizo altozano de rústicas cruces a guisa de mojones. Los caminantes recorrieron el yermo pedregal durante cinco minutos, al cabo de los cuales comienza el descenso y se enlaza de nuevo con el sistema de pistas agrícolas. El día pugnaba por levantarse y hacia poniente se abría el austero paisaje de la Tierra de Campos.
Mientras reposaban sentados en un peñasco, Ramón Forteza percibió el inequívoco rumor, todavía lejano, de una recua de caballos al paso. Volvió la vista hacia el altozano y no vio nada. Pero el repiqueteo de cascos era cada vez más insistente, hasta que por fin, en la línea del horizonte donde el otero se desplomaba sobre la llanura, surgió un caballo negro con su jinete, y luego otro y otro y muchos más. El primer jinete era un hombre alto embozado en una capa negra con capuchón. Los demás caballos, todos negros, iban montados por una o dos figuras infantiles, arrebujadas en sus capas negras y con el rostro casi oculto por la capucha. Pasaron por delante de los caminantes sin detenerse, con paso sostenido, en dirección a poniente. Ramón Forteza contó veinte caballos y unos treinta niños. En la última montura, un poco rezagada, cabalgaba un jinete solitario que cerraba el arria. Al pasar junto a los caminantes desvió un poco su caballo y de un manotazo echó por tierra el sombrero de Ramón Forteza, tras lo cual salió doblando sobre el paso y mirando hacia atrás. El caminante reconoció bajo la capucha el rostro risueño de Blanca. Al recoger su sombrero y volvérselo a encasquetar tuvo que escuchar el comentario cáustico del caminante mayor: Si quae volet regnare diu, contemnat amantem. ["Si una quiere seguir dominando, que maltrate al amante"]. Y añadió someramente: "Son los niños, que van a Sahagún". Durante mucho rato la recua de caballos negros trazó una linea oscura sobre las rastrojeras de la vaguada. Por fin desapareció tras una loma lejana.
Durante los tres kilómetros por el vallecico hay que atender a las señales. Se cruzan cuatro pistas agrícolas, calcinadas y cerriles. Enfrente, en la ladera de la próxima colina, destaca la mancha verde del terruzo reforestado de la Fuente del Piojo, que hay que alcanzar.
Poco después de la fuente, la calzada peregrina desemboca en la carretera que viene de Pedrosa del Príncipe. Pasada la ermita de San Nicolás, que cae a la izquierda, esta carretera enlaza con la que lleva a Frómista. La ermita es todo lo que queda del antiguo hospital de San Miguel. Un confraternidad jacobea de Perugia ha iniciado aquí la construcción de un refugio para peregrinos. Hay que seguir la carretera para atravesar el Pisuerga por la Puente Fitero, con sus once arcos, algunos de cuyos sillares bien deben remontarse a la época de Alfonso VI. El río traza una banda de esperada frondosidad en la enjutez de la comarca.
A la derecha, en el lado de Burgos, queda Itero del Castillo, antiguo pueblo fronterizo. Del castillo queda una robusta torre aparejada en sillares, y del hito, de donde le viene el nombre de Itero, conservaba en el siglo XVII el nombre del puente sobre el Pisuerga, llamado por Laffi "Ponte della Mula", es decir, de la muga o frontera. Ahora es pueblo vinatero, en el que abundan las bodegas subterráneas que preservan siempre joven el aroma del vino.
Después de la puente, una carretera a la derecha lleva en diez minutos a Itero de la Vega, pasando a tocar de la ermita de la Piedad. Es el antiguo itinerario. Los caminantes lo cobraron a buen paso, pues les empujaba la perspectiva del cumplido desayuno que iban a tomar en el pueblo, para proseguir luego de un tirón hasta Frómista.
El mesón del pueblo abría las puertas. Los caminantes, consumados sus cálculos astronómicos, constataron que podían dedicar una hora al menester de la colación, que pasaron a negociar con el ventero. Se cerró trato sobre un principal de tortilla palentina de seis huevos apuntalada con pimientos verdes. Y puesto que el sol no parecía ni llevaba trazas de parecer, se le agregó al condumio una botella de vino blanco del otro lado del río.
Descansados y robustecidos, algo turbia la cabeza por la contundencia del quiebratinajas de Tierra de Campos, requirieron de nuevo el Camino, que logra soslayar el asfalto hasta Frómista. El cielo seguía gris y cerrado, pero no amenazaba lluvia.
A la salida de Itero se atraviesa la carretera de Lantadilla. Diez minutos más adelante se traspone un agrupamiento de cobertizos y bodegas, después del cual se cruza el canal del Pisuerga. El camino asciende entonces hasta el alto de Paso Largo, que se alcanza en media hora. Luego de una hora de suave descenso, la pista entra en Boadilla del Camino por la dula del común. Tomando hacia la izquierda desde la entrada del pueblo se pasa por una fuente y se desemboca en la plaza de la iglesia de Santa María. En ella se levanta un notable ejemplar de "rollo gótico", pilar que indicaba la jurisdicción feudal del lugar.
Boadilla ofrece mesón, pero los caminantes, ya abrevados en la fuente del pueblo, declinaron la sugerencia y siguieron adelante, con ánimo de personarse en Frómista a la hora del almuerzo.
Un cuarto de hora después de Boadilla, el camino topa con el terraplén del Canal de Castilla, por cuya vera discurre una grata y encumbrada pista de sirga, a la que sólo le faltaría un discreto arbolado para ser el mejor sucedáneo de la calzada jacobea.
La ilusión de dotar a la enjuta Castilla de canales navegables como los del Ródano o los del Rhin viene ya de los siglos en que los ejércitos de Castilla recorrían y arrasaban media Europa. Pero sólo en 1735, cuando en España soplaron, no diré aires, sino brisas ilustradas, un antiguo capitán de navío, Antonio de Ulloa elaboró un Proyecto general de canales de navegación y riego para los reinos de Castilla y León. Siempre lo mismo: Castilla tenía querencia de mar, y decidió asomarse al Cantábrico por Santander, que es tierra castellana. El motivo económico era facilitar la exportación de los cereales parameros. De paso se comunicarían las aisladas ciudades castellanas y se fomentaría la industria ribereña. La ingente obra requirió un siglo de esfuerzos, y cuando se completó, a mediados del siglo XIX, la competencia del ferrocarril la hizo rápidamente inútil. Tiene 207 kilómetros de longitud. Se inicia en Alar del Rey y va bajando junto al Pisuerga y el Ucieza, de los que se alimenta, hasta que antes de Palencia se divide en un canal que va a Valladolid y otro que termina en Medina de Rioseco. Tiene 49 esclusas que son auténticas obras de arte ingenieril. La de Frómista es una de las más bellas.
El día había acabado de levantarse; jirones de nubes blanquecinas vagaban por un cielo azul todavía turbio; el sol jugaba a dibujar grotescas figuras sobre los campos. El frescor de la acequia hacía llevadero el inesperado bochorno meridiano. En menos de una hora llegaron al azud que regula el cauce del canal a la entrada de Frómista. Cruzaron el portillo de la esclusa y a los diez minutos alcanzaban las sombras de las primeras casas de la ciudad, en una calle llamada, Dios sabrá porqué, la Francesa.
El Sodalició no entretenía residencia en Frómista, por lo que los caminantes se acomodaron en una pequeña y tranquila pensión aledaña a la plaza de la iglesia de San Martín. Después de la anhelada ducha bajaron al comedor, donde la mesonera atendía ya a varios comensales. Hubo de primero sopas de sartén y de principio asado de cordero en cochura de horno de tahona, avisó la mujer, para evitar malentendidos. El vino se ofreció tinto, pero nuestros caminantes, intratables en este punto, consiguieron un clarete de Tierra de Campos, con el que cerraron el ciclo vinícola iniciado en Itero.
Al atardecer salieron dispuestos a visitar detenidamente el templo de San Martín. Fue éste iglesia de monasterio, edificada a finales del siglo XI. La inspiración arquitectónica es la del románico reflexivo de Jaca, de San Isidoro de León y de Santiago, clara muestra de la eficacia de los renovados "compagnonnages" de los alarifes medievales. Levanta tres naves, más elevada la central, con transepto y tres ábsides. Característica de esta fábrica son las torres gemelas del hastial, que revelan un cierto, y seguramente buscado, arcaísmo. Algunos de los capiteles representan escenas eróticas, como si de un templo de Kajuraho se tratara. Había otros, que los pacatos restauradores de finales del siglo pasado censuraron a golpe de piqueta. En conjunto, la restauración de Anibal Álvarez, en 1904, fue tan meticulosa que el observador no puede evitar la evocación del ambiguo precedente de Viollet-le-Duc; pero, historicidades aparte, el edificio actual es de una hermosura inclasificable. Para belleza le sobra arquitecto.
El antiguo Hospital de Palmeros, en la plaza Mayor, restaurado, acoge bajo sus soportales una señorial hostería, cuyas disponibilidades nuestros caminantes se propusieron compulsar.
Ya oscurecido se tomaron un respiro en los bancos de la plaza adyacente a San Martín, precariamente ajardinada. En otro de los bancos, uno de los huéspedes de la pensión, calvo y quebrado de color, embutido en una cazadora impermeable, leía un volumen en octavo mayor encuadernado a la antigua. De vez en cuando prorrumpía en sonoras carcajadas, que resonaban insólitamente en los muros impasibles de la iglesia. Al cabo, el caminante mayor no pudo reprimir la curiosidad e inquirió amablemente si el regocijo literario era susceptible de ser compartido. El alegre lector aseguró que sí lo era efectivamente, y reunidos en el mismo banco, les mostró la obra causante de tanta hilaridad. Se trataba del tomo segundo de las Epistolae Obscurorum Virorum de Heinrich von Hutten, del siglo XVI. El peregrino y el caminante mayor departieron largamente sobre la situación de la cultura alemana en los primeros decenios del siglo XVI, cuando se alumbró la Reforma. Y como el cencío otoñal arreciaba en la desangelada plaza, decidieron de consuno proseguir el coloquio en la sede del antiguo hospital, hoy, según se dijo, confortable mesón, amenizando la conversación con una discreta cena.
Vaciada la primera jarra de vino blanco, el peregrino se ofreció a leer para sus compañeros un pasaje de la obra de von Hutten, en el latín macarrónico de los estudiantes del siglo XVI. En el cuaderno de Ramón Forteza figuraba la traducción castellana.
"El humilde hermano
Juan Tolletanus
al reverendo padre y hermano
Ricardo de Kalberstat,
hombre devotísimo,
con un caluroso saludo.
Carísimo hermano: no podría, sin un tremendo dolor que me partiría el alma, ocultarte los sucesos que recientemente han tenido lugar entre nosotros y en la casa de nuestra santa orden en la ciudad, y cuyos efectos todavía perduran. Resulta que en nuestro convento vive un hermano, al que tu mismo conociste, hombre respetable, útil para el monasterio y digno de honor para toda la orden, pues tiene una voz profunda en el coro y toca muy bien el órgano. Hace poco mantenía contacto y dilatados coloquios con una hermosa benefactora de la orden. Pero esto ya pasó, y ahora la mujer se ha apartado de nosotros y ha pasado a ser una mala bestia. Y contó nada menos que esto: que la mujer acudió al monasterio para estar con él, permaneciendo allí durante tres noches. Y se le acercaron dos o tres hermanos, y estuvieron todos muy alegres y se comportaron con ella con ligereza y todos fornicaron con ella impetuosa y varonilmente como si estuvieran en una fiesta de Codro, de modo que ella quedó muy satisfecha. Y cuando llegó el día en que ella debía regresar a su casa, él dijo: "Ven, te conduciré fuera, nadie te verá'. Ella repuso: 'Págame antes el salario por ti y por los demás'. Él dijo: 'No puedo pagarte por los demás'. En aquel día tocaba oficio pleno en el coro, y él era el celebrante, de modo que tuvo que ir al coro para comenzar y concluir las horas canónicas. Seguidamente retornó junto a ella revestido del alba y de la dalmática, y la mujer lo puso cariñosamente sobre su pecho, entre sus senos y jugó soberbiamente con su vientre, de modo que él no sospechó ninguna mala intención por su parte. Entonces el guardián tocó la campana para ir al coro, y él se fue corriendo vestido con el alba y sin calzoncillos para participar en el oficio divino. Y cuando regresó, aquella mala bestia se había marchado llevándose el hábito y una cogulla de buen paño negro. Y cuando llegó a su casa los desgarró a tiras, sin temor a incurrir en excomunión por haber destrozado un hábito consagrado. Verdaderamente se cumplió aquel pasaje de la Escritura que dice: 'Se repartieron mis vestidos'. Algunos hermanos muy exigentes dicen que aquella mala bestia había vendido la cogulla de lana por catorce coronas, cosa que, oh dolor, hubiera sido muy perjudicial, pero hay quien lo cree y hay quien no lo cree. Entonces, cuando aquel buen hermano vio que había sido insultado y perjudicado, fue al alguacil de la ciudad (los nuevos latinistas le llaman 'viator') y le dijo: 'Hola, ve a su casa y dile que me devuelva la cogulla". El alguacil dijo: 'No quiero ir cuando tú me lo digas; cuando el juez me lo diga, entonces quiero ir'. El hermano, animado por buenas intenciones y considerando equivocadamente que el juez era un benefactor de la orden, acudió al juez e interpuso una querella. El juez instruyó la causa y mandó a buscar a la mujer. Y cuando estuvo presente el juez la interrogó: '¿Por que te llevaste la cogulla de éste?' Ella se puso en pie y sin vergüenza alguna lo contó todo detalladamente: que estuvo en el monasterio durante tres noches, que usaron de ella como machos y que no le dieron su salario. Entonces el juez no quiso que el buen hermano recuperara su cogulla, antes bien le dijo: 'Vosotros sois muy emprendedores, pero no siempre os saldrá bien, lárgate en nombre de cien diablos y quédate en tu monasterio'. Y rechazó su demanda, de modo que el buen hermano quedó avergonzado y confundido. Y se burlaban de él, y después de la mofa nos impusieron a nosotros una gran cruz: que, bajo pena grave, no debemos salir del monasterio para callejear."
La entretenida recitación propició todavía un par de jarras de blanco, que apuntalaron una cena sin pretensiones. La medianoche sorprendió a los tres comensales aplicados quien a su cigarro, quien a su pipa. De quedo, sin prisa, callejearon hasta la pensión, cuya puerta hallaron entornada. Los caminantes se despidieron afectuosamente del peregrino humanista, guardándose, según es costumbre del Camino, de citarse para la jornada del día siguiente.
El Camino Superior de Santiago
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Inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Barcelona, 2005.
UNDÉCIMA ENTREGA
YODH
10
De Castrojeriz a Frómista
Grandes nubarrones surcaban el cielo a la amanecida, grises y bajos, tanto que parecían lamer los ruinosos torreones del castillo de Castrojeriz. Daban las siete en el campanario de la iglesia de Santo Domingo cuando los dos caminantes cerraron tras sí la puerta de la cayena. La calle estaba desierta y en silencio. La villa, dos veces dormida. Bordeando el azor de la iglesia de San Juan, descendieron por una callejuela que entre cobertizos y bardas de corrales va a salir a la carretera. Tomaron la dirección de Melgar de Fernamental, dejando a la izquierda la ruta de Astudillo. A los cinco minutos se desviaron a la izquierda por una pista remozada a la antigua, que un kilómetro más adelante atraviesa el río Odrillo. Comienza la cuesta hacia el desolado cerro de Mostelares, a 910 metros de altitud. Los caminantes volvieron a sumergirse en la agreste soledad del páramo, que de Tardajos a Astorga envuelve a caminante en un poema geológico de desasimiento. La pista, cada vez más áspera y pedregosa, dobla un poco hacia el sur para ascender oblicuamente por la ladera de la montaña. Los cronistas antiguos, gentes originarias de paises llanos, suelen exagerar lo arduo de las cuestas del Camino, antojándoseles el Cebreiro poco menos que la escala de Jacob. Nuestros caminantes, avezados a las fragosidades de sus montañas nativas, no hallaron en la cuesta de Mostelares apuro digno de mención, ayudados, todo hay que decirlo, por el frescor de un amanecer que remoloneaba a caballo de unas nubes cada vez más cerradas.
Arriba, en la cima de Mostelares, un vértice geodésico marca el final de la pista, para desilusión de los peregrinos. El camino viejo se pierde. Los celadores del itinerario han cuajado el agostizo altozano de rústicas cruces a guisa de mojones. Los caminantes recorrieron el yermo pedregal durante cinco minutos, al cabo de los cuales comienza el descenso y se enlaza de nuevo con el sistema de pistas agrícolas. El día pugnaba por levantarse y hacia poniente se abría el austero paisaje de la Tierra de Campos.
Mientras reposaban sentados en un peñasco, Ramón Forteza percibió el inequívoco rumor, todavía lejano, de una recua de caballos al paso. Volvió la vista hacia el altozano y no vio nada. Pero el repiqueteo de cascos era cada vez más insistente, hasta que por fin, en la línea del horizonte donde el otero se desplomaba sobre la llanura, surgió un caballo negro con su jinete, y luego otro y otro y muchos más. El primer jinete era un hombre alto embozado en una capa negra con capuchón. Los demás caballos, todos negros, iban montados por una o dos figuras infantiles, arrebujadas en sus capas negras y con el rostro casi oculto por la capucha. Pasaron por delante de los caminantes sin detenerse, con paso sostenido, en dirección a poniente. Ramón Forteza contó veinte caballos y unos treinta niños. En la última montura, un poco rezagada, cabalgaba un jinete solitario que cerraba el arria. Al pasar junto a los caminantes desvió un poco su caballo y de un manotazo echó por tierra el sombrero de Ramón Forteza, tras lo cual salió doblando sobre el paso y mirando hacia atrás. El caminante reconoció bajo la capucha el rostro risueño de Blanca. Al recoger su sombrero y volvérselo a encasquetar tuvo que escuchar el comentario cáustico del caminante mayor: Si quae volet regnare diu, contemnat amantem. ["Si una quiere seguir dominando, que maltrate al amante"]. Y añadió someramente: "Son los niños, que van a Sahagún". Durante mucho rato la recua de caballos negros trazó una linea oscura sobre las rastrojeras de la vaguada. Por fin desapareció tras una loma lejana.
Durante los tres kilómetros por el vallecico hay que atender a las señales. Se cruzan cuatro pistas agrícolas, calcinadas y cerriles. Enfrente, en la ladera de la próxima colina, destaca la mancha verde del terruzo reforestado de la Fuente del Piojo, que hay que alcanzar.
Poco después de la fuente, la calzada peregrina desemboca en la carretera que viene de Pedrosa del Príncipe. Pasada la ermita de San Nicolás, que cae a la izquierda, esta carretera enlaza con la que lleva a Frómista. La ermita es todo lo que queda del antiguo hospital de San Miguel. Un confraternidad jacobea de Perugia ha iniciado aquí la construcción de un refugio para peregrinos. Hay que seguir la carretera para atravesar el Pisuerga por la Puente Fitero, con sus once arcos, algunos de cuyos sillares bien deben remontarse a la época de Alfonso VI. El río traza una banda de esperada frondosidad en la enjutez de la comarca.
A la derecha, en el lado de Burgos, queda Itero del Castillo, antiguo pueblo fronterizo. Del castillo queda una robusta torre aparejada en sillares, y del hito, de donde le viene el nombre de Itero, conservaba en el siglo XVII el nombre del puente sobre el Pisuerga, llamado por Laffi "Ponte della Mula", es decir, de la muga o frontera. Ahora es pueblo vinatero, en el que abundan las bodegas subterráneas que preservan siempre joven el aroma del vino.
Después de la puente, una carretera a la derecha lleva en diez minutos a Itero de la Vega, pasando a tocar de la ermita de la Piedad. Es el antiguo itinerario. Los caminantes lo cobraron a buen paso, pues les empujaba la perspectiva del cumplido desayuno que iban a tomar en el pueblo, para proseguir luego de un tirón hasta Frómista.
El mesón del pueblo abría las puertas. Los caminantes, consumados sus cálculos astronómicos, constataron que podían dedicar una hora al menester de la colación, que pasaron a negociar con el ventero. Se cerró trato sobre un principal de tortilla palentina de seis huevos apuntalada con pimientos verdes. Y puesto que el sol no parecía ni llevaba trazas de parecer, se le agregó al condumio una botella de vino blanco del otro lado del río.
Descansados y robustecidos, algo turbia la cabeza por la contundencia del quiebratinajas de Tierra de Campos, requirieron de nuevo el Camino, que logra soslayar el asfalto hasta Frómista. El cielo seguía gris y cerrado, pero no amenazaba lluvia.
A la salida de Itero se atraviesa la carretera de Lantadilla. Diez minutos más adelante se traspone un agrupamiento de cobertizos y bodegas, después del cual se cruza el canal del Pisuerga. El camino asciende entonces hasta el alto de Paso Largo, que se alcanza en media hora. Luego de una hora de suave descenso, la pista entra en Boadilla del Camino por la dula del común. Tomando hacia la izquierda desde la entrada del pueblo se pasa por una fuente y se desemboca en la plaza de la iglesia de Santa María. En ella se levanta un notable ejemplar de "rollo gótico", pilar que indicaba la jurisdicción feudal del lugar.
Boadilla ofrece mesón, pero los caminantes, ya abrevados en la fuente del pueblo, declinaron la sugerencia y siguieron adelante, con ánimo de personarse en Frómista a la hora del almuerzo.
Un cuarto de hora después de Boadilla, el camino topa con el terraplén del Canal de Castilla, por cuya vera discurre una grata y encumbrada pista de sirga, a la que sólo le faltaría un discreto arbolado para ser el mejor sucedáneo de la calzada jacobea.
La ilusión de dotar a la enjuta Castilla de canales navegables como los del Ródano o los del Rhin viene ya de los siglos en que los ejércitos de Castilla recorrían y arrasaban media Europa. Pero sólo en 1735, cuando en España soplaron, no diré aires, sino brisas ilustradas, un antiguo capitán de navío, Antonio de Ulloa elaboró un Proyecto general de canales de navegación y riego para los reinos de Castilla y León. Siempre lo mismo: Castilla tenía querencia de mar, y decidió asomarse al Cantábrico por Santander, que es tierra castellana. El motivo económico era facilitar la exportación de los cereales parameros. De paso se comunicarían las aisladas ciudades castellanas y se fomentaría la industria ribereña. La ingente obra requirió un siglo de esfuerzos, y cuando se completó, a mediados del siglo XIX, la competencia del ferrocarril la hizo rápidamente inútil. Tiene 207 kilómetros de longitud. Se inicia en Alar del Rey y va bajando junto al Pisuerga y el Ucieza, de los que se alimenta, hasta que antes de Palencia se divide en un canal que va a Valladolid y otro que termina en Medina de Rioseco. Tiene 49 esclusas que son auténticas obras de arte ingenieril. La de Frómista es una de las más bellas.
El día había acabado de levantarse; jirones de nubes blanquecinas vagaban por un cielo azul todavía turbio; el sol jugaba a dibujar grotescas figuras sobre los campos. El frescor de la acequia hacía llevadero el inesperado bochorno meridiano. En menos de una hora llegaron al azud que regula el cauce del canal a la entrada de Frómista. Cruzaron el portillo de la esclusa y a los diez minutos alcanzaban las sombras de las primeras casas de la ciudad, en una calle llamada, Dios sabrá porqué, la Francesa.
El Sodalició no entretenía residencia en Frómista, por lo que los caminantes se acomodaron en una pequeña y tranquila pensión aledaña a la plaza de la iglesia de San Martín. Después de la anhelada ducha bajaron al comedor, donde la mesonera atendía ya a varios comensales. Hubo de primero sopas de sartén y de principio asado de cordero en cochura de horno de tahona, avisó la mujer, para evitar malentendidos. El vino se ofreció tinto, pero nuestros caminantes, intratables en este punto, consiguieron un clarete de Tierra de Campos, con el que cerraron el ciclo vinícola iniciado en Itero.
Al atardecer salieron dispuestos a visitar detenidamente el templo de San Martín. Fue éste iglesia de monasterio, edificada a finales del siglo XI. La inspiración arquitectónica es la del románico reflexivo de Jaca, de San Isidoro de León y de Santiago, clara muestra de la eficacia de los renovados "compagnonnages" de los alarifes medievales. Levanta tres naves, más elevada la central, con transepto y tres ábsides. Característica de esta fábrica son las torres gemelas del hastial, que revelan un cierto, y seguramente buscado, arcaísmo. Algunos de los capiteles representan escenas eróticas, como si de un templo de Kajuraho se tratara. Había otros, que los pacatos restauradores de finales del siglo pasado censuraron a golpe de piqueta. En conjunto, la restauración de Anibal Álvarez, en 1904, fue tan meticulosa que el observador no puede evitar la evocación del ambiguo precedente de Viollet-le-Duc; pero, historicidades aparte, el edificio actual es de una hermosura inclasificable. Para belleza le sobra arquitecto.
El antiguo Hospital de Palmeros, en la plaza Mayor, restaurado, acoge bajo sus soportales una señorial hostería, cuyas disponibilidades nuestros caminantes se propusieron compulsar.
Ya oscurecido se tomaron un respiro en los bancos de la plaza adyacente a San Martín, precariamente ajardinada. En otro de los bancos, uno de los huéspedes de la pensión, calvo y quebrado de color, embutido en una cazadora impermeable, leía un volumen en octavo mayor encuadernado a la antigua. De vez en cuando prorrumpía en sonoras carcajadas, que resonaban insólitamente en los muros impasibles de la iglesia. Al cabo, el caminante mayor no pudo reprimir la curiosidad e inquirió amablemente si el regocijo literario era susceptible de ser compartido. El alegre lector aseguró que sí lo era efectivamente, y reunidos en el mismo banco, les mostró la obra causante de tanta hilaridad. Se trataba del tomo segundo de las Epistolae Obscurorum Virorum de Heinrich von Hutten, del siglo XVI. El peregrino y el caminante mayor departieron largamente sobre la situación de la cultura alemana en los primeros decenios del siglo XVI, cuando se alumbró la Reforma. Y como el cencío otoñal arreciaba en la desangelada plaza, decidieron de consuno proseguir el coloquio en la sede del antiguo hospital, hoy, según se dijo, confortable mesón, amenizando la conversación con una discreta cena.
Vaciada la primera jarra de vino blanco, el peregrino se ofreció a leer para sus compañeros un pasaje de la obra de von Hutten, en el latín macarrónico de los estudiantes del siglo XVI. En el cuaderno de Ramón Forteza figuraba la traducción castellana.
"El humilde hermano
Juan Tolletanus
al reverendo padre y hermano
Ricardo de Kalberstat,
hombre devotísimo,
con un caluroso saludo.
Carísimo hermano: no podría, sin un tremendo dolor que me partiría el alma, ocultarte los sucesos que recientemente han tenido lugar entre nosotros y en la casa de nuestra santa orden en la ciudad, y cuyos efectos todavía perduran. Resulta que en nuestro convento vive un hermano, al que tu mismo conociste, hombre respetable, útil para el monasterio y digno de honor para toda la orden, pues tiene una voz profunda en el coro y toca muy bien el órgano. Hace poco mantenía contacto y dilatados coloquios con una hermosa benefactora de la orden. Pero esto ya pasó, y ahora la mujer se ha apartado de nosotros y ha pasado a ser una mala bestia. Y contó nada menos que esto: que la mujer acudió al monasterio para estar con él, permaneciendo allí durante tres noches. Y se le acercaron dos o tres hermanos, y estuvieron todos muy alegres y se comportaron con ella con ligereza y todos fornicaron con ella impetuosa y varonilmente como si estuvieran en una fiesta de Codro, de modo que ella quedó muy satisfecha. Y cuando llegó el día en que ella debía regresar a su casa, él dijo: "Ven, te conduciré fuera, nadie te verá'. Ella repuso: 'Págame antes el salario por ti y por los demás'. Él dijo: 'No puedo pagarte por los demás'. En aquel día tocaba oficio pleno en el coro, y él era el celebrante, de modo que tuvo que ir al coro para comenzar y concluir las horas canónicas. Seguidamente retornó junto a ella revestido del alba y de la dalmática, y la mujer lo puso cariñosamente sobre su pecho, entre sus senos y jugó soberbiamente con su vientre, de modo que él no sospechó ninguna mala intención por su parte. Entonces el guardián tocó la campana para ir al coro, y él se fue corriendo vestido con el alba y sin calzoncillos para participar en el oficio divino. Y cuando regresó, aquella mala bestia se había marchado llevándose el hábito y una cogulla de buen paño negro. Y cuando llegó a su casa los desgarró a tiras, sin temor a incurrir en excomunión por haber destrozado un hábito consagrado. Verdaderamente se cumplió aquel pasaje de la Escritura que dice: 'Se repartieron mis vestidos'. Algunos hermanos muy exigentes dicen que aquella mala bestia había vendido la cogulla de lana por catorce coronas, cosa que, oh dolor, hubiera sido muy perjudicial, pero hay quien lo cree y hay quien no lo cree. Entonces, cuando aquel buen hermano vio que había sido insultado y perjudicado, fue al alguacil de la ciudad (los nuevos latinistas le llaman 'viator') y le dijo: 'Hola, ve a su casa y dile que me devuelva la cogulla". El alguacil dijo: 'No quiero ir cuando tú me lo digas; cuando el juez me lo diga, entonces quiero ir'. El hermano, animado por buenas intenciones y considerando equivocadamente que el juez era un benefactor de la orden, acudió al juez e interpuso una querella. El juez instruyó la causa y mandó a buscar a la mujer. Y cuando estuvo presente el juez la interrogó: '¿Por que te llevaste la cogulla de éste?' Ella se puso en pie y sin vergüenza alguna lo contó todo detalladamente: que estuvo en el monasterio durante tres noches, que usaron de ella como machos y que no le dieron su salario. Entonces el juez no quiso que el buen hermano recuperara su cogulla, antes bien le dijo: 'Vosotros sois muy emprendedores, pero no siempre os saldrá bien, lárgate en nombre de cien diablos y quédate en tu monasterio'. Y rechazó su demanda, de modo que el buen hermano quedó avergonzado y confundido. Y se burlaban de él, y después de la mofa nos impusieron a nosotros una gran cruz: que, bajo pena grave, no debemos salir del monasterio para callejear."
La entretenida recitación propició todavía un par de jarras de blanco, que apuntalaron una cena sin pretensiones. La medianoche sorprendió a los tres comensales aplicados quien a su cigarro, quien a su pipa. De quedo, sin prisa, callejearon hasta la pensión, cuya puerta hallaron entornada. Los caminantes se despidieron afectuosamente del peregrino humanista, guardándose, según es costumbre del Camino, de citarse para la jornada del día siguiente.
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