viernes, 22 de diciembre de 2006

LA AMATISTA

LA AMATISTA
El Camino Superior de Santiago
novela por entregas
aparecerá en este blog un capítulo cada semana
Inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual de Barcelona, 2005.
OCTAVA ENTREGA
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ZAYIN
7

DE BELORADO A SAN JUAN DE ORTEGA

El tiempo dio en ofrecer a nuestros caminantes una neta pregustación del otoño. Amaneció un cielo fosco y cerrado, y a la hora de partir, hacia las nueve, caía una lluvia menuda y silenciosa. Embutidos en sus chubasqueros, sólo a medias despabilados por un manso café, se pusieron de nuevo sobre el Camino. Corre éste, a la salida de Belorado, entre huertos y vallados por el margen derecho del río Tirón. Pasa al lado del antiguo hospital de San Lázaro, hoy convento de monjas, y alcanza la dichosa carretera nacional 120 cerca de la entrada del puente que cruza el río. Junto al cruce con la carretera que va a San Miguel de Pedroso, a la izquierda, arranca el carrizal señalizado. Cuando llueve se convierte en una trocha agobiosa, por lo que los caminantes optaron por soportar el tráfico de la carretera. Dos kilómetros más adelante, una pista a la izquierda enlaza con el trazado del Camino, ya pasadero, que entra en Tosantos rozando el cementerio. Sobre el pueblo, agarrada al alcor rocoso, destaca la blanca ermita de la Virgen de la Peña.
La ruta sigue peinando las suaves lomas de los vallecicos que bajan de la Sierra de la Demanda. La vegetación se va haciendo más densa, anunciando la proximidad de las forestas de los Montes de Oca. Abunda el roble, llamado aquí rebollo, y a la vera de las corrientes se alargan sotos de chopos, álamos y sauces. Los riachuelos bajan henchidos y por una vez el caminante goza de la antigua norma viaria: una fuente cada hora.
La fuente de Villambistia, a dos kilómetros de Tosantos por el camino viejo, es gallarda y abundante por sus tres caños, en un entorno antiguo y callado presidido por una desmedida iglesia. En los aledaños del pueblo se conserva un trecho de la antigua calzada.
La vereda sigue sosegada hasta Espinosa del Camino, junto a la carretera, que hay que atravesar para entrar en el pueblo. A la salida, un breve trecho conserva la estructura de la antigua calzada, que discurre bajo unos olmos. El Camino corre ahora entre campos, horro de árboles, aunque comienzan a otearse las alturas boscosas de los Montes de Oca. A la derecha aparecen súbitamente las patéticas ruinas del monasterio de San Felices de Oca, de origen mozárabe, medio comido de hierbajos. Al poco la vereda entronca con la carretera para atravesar el río Oca y entrar en Villafranca Montes de Oca.
La villa, ahora muy despoblada, se alarga hacia arriba por la ribera del río. En la época visigoda, Auca fue obispado; afloran las ruinas de su catedral, cerca del castillo. En el siglo XI la sede episcopal se trasladó a Gamonal y luego a Burgos, pero el obispado siguió llamándose "de Oca y de Burgos" hasta el siglo pasado.
En el año 1380 la reina Juana Manuel, esposa de Enrique II, fundó aquí un gran hospital, dedicado a San Antonio Abad, que tuvo fama de buena acogida. El peregrino Künig, de finales del siglo XV, recuerda que allí "dan los hermanos una buena ración". El padre Flórez recoge documentación según la cual en el siglo XVIII todavía tenía catorce camas para hombres, cuatro para mujeres, cuatro para sacerdotes y viajeros distinguidos, más catorce de enfermería. He aquí la descripción de un menú vespertino reseñada por el peregrino Manier en el siglo XVIII: "Une écuelle de bouillon dans un petit gobelet, du boudin à force, mais du bon pain". En la parte alta del caserío, por donde sale el camino jacobeo, algún organismo oficial prepuesto a la cosa turística ha acondicionado un caserón, que es lo que resta del antiguo hospital, como "base de acampada".
Cerca de la población, a la izquierda de la carretera, se halla la ermita de la Virgen de Oca, que tiene imagen románica. Al lado de la capilla saltan los cuatro manantiales de las "fuentes de Oca". Los peregrinos con veleidades excursionísticas remontan la corriente hasta la entrada de la profunda hoz del río, fragoso desfiladero casi inaccesible.
Era mediodía y los caminantes, mojados y hambrientos, renunciaron al excursionismo y se dispusieron a un largo descanso en el mesón "El Pájaro", junto a la carretera. Comieron los platos del día, abundantes y bien cocinados pero sin mayores títulos para la crónica. Después del almuerzo lucía ya el sol y salieron enseguida con ánimo de tumbarse bajo el primer árbol del monte.
La senda, que sigue más o menos el trazado del viejo camino, se aparta de la carretera poco antes de la iglesia de Santiago. El primer tramo, de quince minutos, es una dura cuesta. Después, al entrar en el robledal, se suaviza un tanto. Se pasa el fontín de Mojapán, seco en verano y a veces hasta en invierno y poco después el Camino entra en la zona de repoblación forestal. Durante dos horas los Caminantes anduvieron por medio de un paisaje innatural, un bosque sin encanto que no lograba alzar la sequedad del entorno. Unos kilómetros después de la fuente la vereda pasa cerca de un memorial de los muertos de la guerra civil que asoló España de 1936 a 1939. Seguidamente, el venerable Camino tiene que zafarse como puede de los irrespetuosos desmontes de la nueva carretera nacional 120, y un cuarto de hora más tarde pasa a unos centenares de metros del Alto de la Pedraja . Aquí hubo el hospital de Valdefuentes, que en el siglo XII fue priorato cisterciense. Quedan ruinas de la iglesia gótica. Hubo en la zona otros dos hospitales, el de Valbuena y el de Muñeca, pero de ellos no queda nada.
A la izquierda de la carretera hay una fuente donde suele parar a merendar la caterva del automóvil.
El Camino se decanta un poco hacia el norte para seguir por la parte alta del monte, por encima del arroyo Roblegordo. Pinos de repoblación, pasto seguro de venideros incendios originados por los diminutos artefactos incendiarios arrojados por individuos de la especie humana que viajan por la carretera montados sobre motores de explosión ("estallaremos todos", rezongó el caminante mayor).
La pista forestal se ha convertido en un ancho cortafuego. Se acentúa el descenso por el ingrato erial, que por suerte desemboca pronto en la vereda que a través de una foresta todavía íntegra conduce directamente al valle de San Juan de Ortega.
Erguido, inmóvil sobre un escueto puche , apoyado en un bastón nudoso con ínfulas de bordón, un hombre de cabello cano ofrecía de pleno su rostro al sol crepuscular, que se reflejaba en sus gafas de ratón de biblioteca. Los caminantes se aproximaron con andar cachazudo al altozano que servía de pedestal al humano heliótropo, con ánimo de entablar conversación y averiguar a qué se debía su intensa contemplación. Sin apartar la vista de la arboleda fulgurante, el émulo de girasol pronunció, con naturalidad no justificada por las circunstancias, un saludo en alemán netamente bávaro, que fue correspondido por los recién llegados con tonalidad estudiadamente suaba. Después de un silencio, que el sol aprovechó para sumergirse tras la sierra de Atapuerca, el contemplador de ocasos se volvió hacia los caminantes y expuso, con método y claridad, el sentido de su relación con el sol poniente.
Se llamaba Purkinje, y era de nación bohemio. El sólo hecho de dar su nombre lo desalojaba del mundo peregrino para relegarlo a la condición de mero excursionista. Recorría los paises mediterráneos a la querencia de crepúsculos, pues estaba dotado de una rara sensibilidad para las transmutaciones cromáticas vespertinas. Decía quedar literalmente hechizado por la transformación de los colores durante el fenómeno del ocaso. Fijaba la vista en un objeto particular iluminado por el sol poniente y seguía ávidamente la modificación de su colorido hasta la uniformidad de las sombras del anochecer. Después iba a tomar unas copas de vino tinto y a consignar en su diario las impresiones de la jornada helíaca.
Los caminantes se mostraron muy interesados por los fenómenos descritos por el señor Purkinje y se declararon dispuestos a introducirse en la práctica de la percepción cromática crepuscular. Entretanto había anochecido y los tres andarines se apresuraron a buscar el reparo del monasterio de San Juan de Ortega. Sobre su cielo brillaban cuatrocientas cuarenta y seis estrellas.
Juan de Velázquez, hidalgo de Quintano Ortuño, clérigo de órdenes mayores, aprendió las artes de la ingeniería trascendental junto a Domingo de la Calzada, a principios del siglo XII. Luego fundó con su peculio su propia empresa jacobea. En una vaguada desolada llena de ortigas, a la salida de los Montes de Oca, edificó una iglesia, que dedicó a San Nicolás de Bari, y un hospital de peregrinos. La comunidad pasó a ser de canónigos regulares de San Agustín y fue generosamente protegida por la realeza castellana. Juan de las Ortigas administró con probidad el dinero que recibía, trazando calzadas y tendiendo puentes en la ruta jacobea entre Burgos y Santo Domingo de la Calzada. La vida del que luego fue San Juan de Ortega está bien documentada y se conserva incluso un testamento auténtico, que puede leerse en el lugar correspondiente de la España Sagrada del padre Flórez. La institución orteguiana, que en el siglo XV pasó a ser administrada por los jerónimos, subsistió y cumplió sus funciones hasta la desamortización. El peregrino Laffi, del siglo XVII, reseña: "Questi padri sono molto richi e fanno molte carità alli pellegrini".
Sigue en pie la fábrica románica de transición edificada por el caballero Juan en el siglo XII, los ábsides y el crucero. La nave fue continuada posteriormente en estilo gótico. Modernamente se ha hallado el cenotafio románico del santo, bajo el altar mayor, ahora convertido en cripta. El conjunto ha sido juiciosamente restaurado.
En los equinocios un rayo de sol se filtra por un foramen del muro y va a dar sobre un capitel que representa la Anunciación. Acertijo fácil: del equinocio de primavera al solsticio de invierno van los meses de una gestación.
Los caminantes llegaron a San Juan de Ortega ya anochecido, sin muchas fatigas. La aldehuela está casi despoblada. El párroco los acogió con la natural hospitalidad de una tradición secular. Los acomodó en el amplio refugio recientemente restaurado por el Capítulo de la catedral de Burgos y les ofreció, junto a una docena de recién llegados, unas sencillas y sabrosas sopas de ajo que cocinó él mismo.
Por la noche llovió a cántaros.

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